En la mesa de los ricos

José Manuel Ponte

18.11.2008 | 00:00

España, aunque nos cueste creerlo, avanza puestos en la clasificación internacional de países importantes. Quizás no volvamos nunca a ocupar la posición de privilegio que teníamos en la época de los Austrias, pero el progreso es impresionante. Y un simple repaso a la historia más reciente lo confirma. Hará cosa de quince años, el señor Aznar, que era entonces jefe de la oposición, calificó de "pedigüeño" al presidente del Gobierno, Felipe González, por alargar la mano para recibir los cientos de miles de millones en ayuda al desarrollo que la Unión Europea concedió a España como nación más favorecida. Avergonzado de aquella postura, que parecía consustancial con nuestra manera de ser desde los tiempos del Lazarillo de Tormes y de la picaresca, el señor Aznar se propuso cambiar radicalmente los comportamientos y, ya como jefe del Ejecutivo, intentó sacarnos del "rincón de la Historia", donde estábamos postrados, e ingresar en el G-8 (grupo de los ocho países más ricos del mundo). Para ello, no se le ocurrió mejor fórmula que arrimarse al eje imperial anglo-norteamericano y se hizo una foto en las Azores con Bush y con Blair el día que se anuncio la agresión contra Irak y la continuación de la "guerra duradera" contra el terrorismo inespecífico. La mayoría de los ciudadanos no entendieron que pintaba una potencia militar de tipo medio como España en aquella aventura colonial y las protestas se hicieron masivas. Después, se produjeron los atentados del 11-M en Madrid en el momento final de unas elecciones generales, el partido de Aznar fue derrotado, y ocupó la Presidencia del Gobierno el candidato socialista. La llegada del señor Zapatero al poder fue vista por los perdedores de los comicios como el resultado de una conspiración entre servicios secretos, policías corruptos, políticos miserables, terroristas islamistas, terroristas vascos, e incluso empresas periodísticas y locutores de radio. En resumen, el acabose. Además, se estimaba que España, como país, había quedado desprestigiada ante la comunidad internacional por la falta de peso específico de su presidente y su radicalidad política que le llevaba a relacionarse solo con Cuba y Venezuela. Por si todo esto fuera poco se recordaba que Zapatero había desairado a los Estados Unidos al retirar las tropas de Irak y al no haberse levantado al paso de la bandera norteamericana durante un desfile del ejército español cuando era jefe de la oposición. Pues bien, el tiempo ha pasado, Bush concluye su mandato con un fracaso rotundo de su política económica y militar, y el señor Zapatero ha sido invitado en Washington a la reunión de los países más importantes del mundo para tratar la crisis financiera internacional. En otras palabras, hemos pasado de estar acuclillados en un rincón de la Historia a ocupar una silla en la mesa de los ricos. No está nada mal. Pese a todo, los disconformes no se rinden y ahora dicen que España está en las manos de Francia, que es el país que nos cedió uno de los asientos. Es decir, que hemos pasado de estar bajo control de Washington a estar bajo el control de París. No es tan malo el cambio. París queda más cerca y además siempre valdrá una misa.

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