Obama vende un sueño

Óscar R. Buznego, Profesor de Ciencia Política de la Universidad de Oviedo

12.11.2008 | 00:00

En los momentos más difíciles de una sociedad suelen aflorar los mejores sentimientos de sus miembros. La sociedad norteamericana ha padecido en los años vividos de este siglo una gran tormenta de catástrofes bélicas, económicas y naturales. Una maldición parece haber caído sobre ella. Para colmo, la gestión política de estas situaciones se resume en un despropósito absoluto. Al menos, así opinan cuatro de cada cinco ciudadanos estadounidenses, entre ellos un porcentaje elevado de republicanos, que juzgan con la máxima severidad la presidencia de Bush.
Al inicio del proceso electoral que culminó el pasado martes, la sociedad norteamericana había llegado a un punto desconocido de polarización interna, rechazo a su liderazgo en el mundo y pérdida de confianza. Era una sociedad golpeada por la adversidad. En lo que llevamos de siglo ha cosechado un fracaso por cada uno de sus grandes objetivos. La reacción a los atentados sufridos en 2001 tampoco ha servido para aumentar su fuerza. Al contrario, el mundo se mueve cada día más fuera de control y la gran potencia da síntomas de haberse vuelto insegura y vulnerable.
Sólo en circunstancias como éstas podía tener sentido la apelación de Obama a la unidad del pueblo americano para ponerse en pie y reanudar con paso firme la andadura hacia el sueño que lo ha impulsado desde su fundación, a finales del siglo XVIII. Es la promesa de un auténtico gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, de cambiar América y cambiar el mundo para llegar lejos y descubrir "un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense". Pero antes que nada, lo que Obama pide a su gente con la letanía del "sí, podemos" es que empiece por reconocerse como los Estados Unidos que siempre han sido y no se deje caer en la duda o el desaliento. Advierte que el camino será largo y duro, pero asegura que al final el esfuerzo será recompensado con el éxito.
La estrategia electoral de Obama estaba dirigida al corazón de los americanos y dio en la diana. Difundió un mensaje universal, humanista, desprovisto de referencias ideológicas. Lo hizo con una elocuencia insuperable, seguro de sí, transmitiendo honestidad y solvencia. Al bombardeo de publicidad negativa lanzado por sus rivales respondió con muestras de respeto muy creíbles. Sin descomponer jamás el gesto, concentrado y serio, se le ha visto escuchar con atención a McCain, que ensayó tácticas diferentes tratando de quebrar su imagen consistente y afable. Gastó más dinero que ningún otro candidato en una campaña perfecta, pero renunció a las subvenciones públicas para financiarla con pequeñas aportaciones de millones de simpatizantes, muchos de los cuales colaboraron como voluntarios en la captación de nuevos votantes. Desde el año 1976, en que se estrenó el nuevo sistema de financiación, es el primer candidato que prescinde del dinero estatal para pagar la propaganda electoral.
No ha sido su experiencia política, ni su programa, lo que ha resultado tan persuasivo de la campaña electoral del candidato demócrata, sino su actitud, su temperamento. La elección presidencial ha sido una cuestión de emociones. Y Obama ha conseguido despertar las más profundas y mesiánicas del pueblo americano. Sin necesidad de recurrir al populismo cínico y sin inmutarse, ni por la envergadura del reto ni por los ataques de sus adversarios. Obama ha sido un candidato con cualidades excepcionales en una situación excepcional de Estados Unidos.
Sin embargo, su victoria ha sido rotunda, pero no arrolladora. Ha ganado terreno a los republicanos en todos los sectores del electorado. Los varones blancos y protestantes, no obstante, son los que más se le han resistido. Las minorías, los nuevos votantes, las mujeres y los católicos le dieron la ventaja definitiva, gracias a la mayor movilización electoral habida desde la Segunda Guerra Mundial. La presencia de los hispanos entre los electores ha crecido y su apoyo a Obama se cuenta en una proporción de dos a uno. Otro tanto ocurrió entre los jóvenes que votaron por primera vez. En el voto pesó mucho la crisis económica, que fue el tema más importante de la campaña para 6 de cada 10 electores. También influyó el rechazo a Bush y el carisma del propio Obama. El factor racial, llamado "efecto Bradley" en honor al que fue en 1982 alcalde de Los Ángeles y candidato a Gobernador de California derrotado por el color de su piel, parece haber desaparecido. Los demócratas han ganado en estados donde solían perder y su mayoría en la Cámara de Representantes es ahora más amplia. También lo es en el Senado, aunque está por ver si logran sumar los 60 votos que pondrían al futuro Presidente a salvo de una posible estrategia obstruccionista de la minoría republicana.
Ahora bien, la victoria de los demócratas es histórica por el color de Obama, no por las diferencias entre los dos grandes partidos. En 16 de las 24 elecciones presidenciales celebradas en el último siglo en Estados Unidos la ventaja del candidato ganador ha sido superior a la obtenida por él. Téngase en cuenta que Obama ha conseguido los votos electorales decisivos de algunos estados por un margen mínimo y que, en todo caso, el partido del asno había sumado mayor número de sufragios en el año 2000, aunque los mecanismos del sistema electoral entregaran la presidencia a Bush, y en la última renovación de Representantes, en 2006, había vuelto a triunfar.
Conviene calibrar bien, además de su incuestionable valor simbólico, la dimensión real de la victoria de Obama al efecto de medir las fuerzas con que contará impulsar las políticas anunciadas. Los estadounidenses tienen un inmenso agujero en la economía, su ejército está empantanado en el lejano Oriente y las dificultades para imponer su liderazgo en el mundo son cada día mayores: ¿qué podrá hacer realmente Obama?
Bastaría con que escuchara a sus compatriotas, redujese las desigualdades entre ellos y estuviera dispuesto a compartir las decisiones que vayan a afectar al orden mundial con el resto de países. Y que lo hiciera con la lucidez y la franqueza que ha exhibido en la campaña electoral. No se espera de él que reinvente la política, sino que frene la carrera que ha tomado el mundo en dirección al abismo y tenga de verdad en cuenta los deseos de los ciudadanos. El sueño de siempre, hoy, es eso.

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