La crisis que hasta anteayer no existía para el Gobierno se va a arreglar ahora en dos patadas y en dos meses, según los favorables vaticinios expresados el otro día en la capital de Galicia por el ministro de Trabajo,Celestino Corbacho. Se ignora si Corbacho había disfrutado de las glorias del albariño en Compostela antes de hacer tan feliz augurio, pero eso es lo de menos.
Después de todo, a los ministros se les paga para que ejerzan la virtud del optimismo, aunque el encargado de los registros del paro se haya excedido esta vez en su voluntad de agradar. Lo verdaderamente notable del asunto es la fijación que el Gobierno parece tener con el número dos y los pares en general.
El presidente Zapatero, por ejemplo, aprendió los misterios de la economía en sólo dos tardes, si hemos de creer a la promesa que le hizo años atrás su entonces asesor financiero Jordi Sevilla.
Ahora es su ministro de empleo o de desempleo el que insiste en la cifra mágica al asegurar que la crisis estará solucionada dentro un par de meses. Se conoce que el dos es el número fetiche del actual Gobierno, a juzgar incluso por las estadísticas del paro que tienden a duplicarse tras cada nueva medición.
Tal vez por eso tenga particular mérito la profecía de Corbacho si se advierte que la hizo el mismo día en que la máquina de contar parados registraba un aumento de más de 200.000 nuevos ex trabajadores. Afirmar en esas condiciones que la crisis va a tocar a su fin dentro de dos meses podría parecer un tanto aventurado; pero algún dato oculto al resto de la población debe de conocer el tan mentado ministro para fundar sus predicciones. Bien pudiera ocurrir, por ejemplo, que los parados no fuesen tales sino simples trabajadores en situación de ocio transitorio a los que el Gobierno paga un merecido descanso mediante el subsidio de desempleo. Con el mismo criterio, el jefe de los asuntos gubernamentales de Economía, Pedro Solbes, había calificado meses atrás de mera"desaceleración acelerada" lo que algunas gentes presas del rencor insistían en reputar de crisis de caballo.
Y, de igual modo, varios de sus colegas -empezando por la encargada de Vivienda- pronosticaban un "aterrizaje suave" para lo que finalmente ha desembocado en un derrumbe hasta los cimientos del negocio de la construcción.
Todo esto resulta de lo más natural en un gobernante, no importa cuál sea su pelaje ideológico. El optimismo frente a cualquier situación entra dentro del sueldo, como bien demostró años atrás aquel ministro conservador que constataba el estado"esplendoroso"de las playas de Galicia en plena catástrofe del "Prestige".
Ese mismo talante positivo es el que sin duda llevó al actual gobierno socialdemócrata a negar muchas más veces que San Pedro a Cristo la existencia de crisis económica alguna hasta que por fin pudo echarle la culpa de lo que (no) ocurría a los Estados Unidos.
Ahora bien: en cuestión de optimismo el ministro de Trabajo ha superado todos los listones imaginables al predecir que la crisis será cosa del pasado en el corto período de un par de meses.
Sorprende un poco que las autoridades del Fondo Monetario Internacional, de la Reserva Federal americana, del Banco Central Europeo y demás instituciones desbordadas por el alcance de la "desaceleración" no hayan llamado todavía a consultas al mago Corbacho.
Será que no leen la prensa española o, peor aún,que este país sigue siendo víctima de su leyenda negra. No es de extrañar, sin embargo,que el presidente Zapatero porfíe tanto en ser invitado a la próxima cumbre organizada por el rey Bush en Washington para poner orden en los d e s o r d e n a d o s asuntos financieros del planeta. Sólo él y su ministro Corbacho conocen la fórmula mágica capaz de arreglar en dos meses la inexistente crisis que trae de cabeza al mundo mundial. Si no le dejasen exponerla,estos yanquis no tendrían perdón de Dios. anxel@arrakis.es