Esos humildes colosos

25.07.2008 | 00:00

Luis del Val

No tengo noticia de ningún aspirante al trono que haya practicado el ciclismo en su faceta de competición, ni recuerdo herederos de grandes fortunas o personas del Gotha de los Millonarios que se hayan subido a una bicicleta, más allá del pasatiempo de la niñez o del exhibicionismo ecológico circunstancial.
Esos humildes colosos, que se suben encima de una bicicleta y pedalean durante doscientos cincuenta kilómetros, no pertenecen a las familias que dominan el accionariado de las grandes empresas, y suelen proceder de entornos modestos, al contrario de lo que sucede en otros deportes, el tenis, por ejemplo, o el golf, donde existe una mezcla de estamentos sociales, cada día más interaccionada. El caso de chicos recogepelotas, como Manolo Santana, o caddys convertidos en campeones, como Severiano Ballesteros, certifican la leyenda de que deportes que durante mucho tiempo parecían reservados a estratos sociales selectos se han democratizado por el mérito individual de personalidades excepcionales.
El ciclismo, en cambio, parece demasiado sacrificado, excesivamente abnegado como para tentar a algún apellido ilustre, y su nómina no suele contener parentescos con las grandes finanzas o los apellidos famosos. A ningún tenor célebre, a ningún rey le sale un hijo ciclista, lo que me suscita mayor admiración en estos hombres que arriesgan su vida bajando pendientes imposibles, y que soportan recorridos que a mí, conduciendo un automóvil con aire acondicionado, me fatigan.
Esos humildes colosos tienen, también, entre ellos, sus rangos, y existen los que jamás verán su nombre en los titulares, los llamados domésticos, los sacrificados, toda una lección en una sociedad que vive bajo el lema de "antes muertos que sencillos".

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