Galicia, país fantasma

 

Anxel Vence

Baja año tras año la producción de gallegos en los paritorios del país, pero nada de ello desanima a los constructores que desde el año 2000 a esta parte han edificado cerca de 320.000 viviendas en Galicia. Por cada nuevo galaico venido al mundo, se han levantado aquí ocho pisos desde el comienzo de siglo, lo que acaso constituya uno -y no el más pequeño- de los muchos misterios de este país habitado por la magia, la bruma y, últimamente, también el ladrillo.
Doctores tiene la Iglesia y matemáticos el Estado que sin duda sabrán explicar cómo es posible la construcción de más de 300.000 casas en una comunidad que apenas ha aumentado su censo en 41.000 vecinos: y eso gracias a la impagable ayuda de los inmigrantes. El enigma alcanza proporciones definitivamente incomprensibles si se tiene en cuenta que, a mayores, el ochenta por ciento de los gallegos disfrutaban ya de casa en propiedad: bien fuese absoluta, bien a medias con el banco.
El fenómeno no puede ser más curioso. Mientras la Galicia interior se iba vaciando de gente hasta dibujar un desolado paisaje de aldeas muertas, las colmenas de apartamentos seguían creciendo alegremente en la costa y en las principales ciudades del reino.
Tal circunstancia podría responder al inevitable -y necesario- trasvase de población desde el campo a los territorios urbanos, pero lo cierto es que las cifras no casan. Salvo que el Apóstol y su Xacobeo obrasen el milagro de traer aquí tantos veraneantes como a las costas levantinas, no parece razonable que el número de casas edificadas sea ocho veces mayor que el de nuevos vecinos en Galicia. Y desde luego resultaría más bien arriesgada la hipótesis de atribuir tamaño crecimiento a las segundas residencias: lujo poco extendido en un país de tan escasa renta per capita como éste.
Parece mucho más verosímil imputar el "boom" del ladrillo en Galicia -al igual que en el resto de España- a la desaforada especulación de la última década. De ser un bien de primera necesidad, la vivienda pasó a convertirse en una ficha de juego que los apostantes del casino inmobiliario utilizaban para obtener beneficios del 50, del 100 y hasta del 200 por ciento en la segura ruleta del hormigón.
La codicia de los jugadores acabó por hacer saltar la banca (en todos los sentidos de la palabra), dejando como rescoldo de la quema un total de 250.000 pisos vacíos y sin expectativa alguna de venta en Galicia. Símbolo visible del desastre, las nuevas "promociones" que estaban en marcha cuando estalló el globo inmobiliario se han quedado a medio hacer, poblando con su esqueleto de vigas el horizonte de este país.
Brumoso y propicio a las leyendas, el reino de Breogán se ha llenado de casas fantasmales en las que nadie vive ni -previsiblemente- vivirá por muchos incentivos que el Gobierno idee para darles una salida en régimen de alquiler.
No quedará otro remedio que usar la imaginación para ver de sacarle algún partido a esos cientos de miles de viviendas ociosas en un país que, como Galicia, no dispone de gente en suficiente cantidad para llenarlas. Posiblemente haya que recurrir al fantasma del castillo de Lord Canterville imaginado por Óscar Wilde para darles algo de vidilla e interés a estos inmuebles. Un buen espectro arrastrando su sábana y sus herrumbrosas cadenas ha de dotar, por fuerza, del imprescindible atractivo turístico a las casas vacías de este reino que tiene como imagen de marca a las meigas, el misterio y el conjuro de la queimada.
De hecho, Torrente Ballester imaginó en su "Saga/fuga de JB" una fabulosa ciudad -Castroforte del Baralla- que levitaba en los días de niebla hasta hacerse invisible a los ojos de la gente. La ficción ha tomado ahora cuerpo en esas 250.000 casas deshabitadas y levemente fantasmales que el derrumbe del ladrillo acaba de dejar en Galicia. La fantasmada del hormigón nos ha convertido en un país fantasma.
anxel@arrakis.es

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