Dos discursos en los que ZP tendrá que convencer

30.06.2008 | 00:00

FERNANDO JÁUREGUI

A Zapatero le gustan los escenarios cómodos, las entrevistas periodísticas que acumulan páginas y páginas con su imagen y sus declaraciones a un entrevistador con síndrome de Estocolmo. Por ello dejó pasar la ocasión de tomar la iniciativa y solicitar, antes de que la exigiesen, una comparecencia parlamentaria para hablar de la crisis económica, o como quiera que ahora se llame en La Moncloa a lo que ocurre en los mercados y nos empobrece. Pero, aunque no sea lo que más le gusta precisamente, sería injusto decir que rehúye el ring del Parlamento, donde esta semana se va a fajar con Rajoy, con Erkoreka, con Llamazares, con Duran i Lleida, con Uxue Barko, con Rosa Díez... con todos, en resumen. Todos contra él por la crisis económica. Ahora, todos son oposición al gobierno, cuando en la pasada legislatura la única oposición era el Partido Popular y era, además, una oposición extremada, que muchas veces marraba el tiro. No es el caso en estos momentos, en los que la soledad de los socialistas se me antoja semejante a la que padecían los populares en la anterior etapa.
Las cosas ahora son diferentes y Zapatero va a tener que aquilatar mucho sus palabras en el atril del Congreso de los Diputados no para evitar los ataques de los otros grupos parlamentarios, sino para convencer a los telespectadores que sigan la retransmisión, que van a ser bastantes, de que sus angustias económicas acabarán a corto plazo, de que se restablecerán los buenos viejos días de vino y miel. Porque las encuestas, incluída la del oficial CIS, susurran que la confianza de los españoles en las predicciones de sus gobernantes es más bien escasa; y no podría ser de otro modo después del toreo al que los ciudadanos han sido sometidos en lo que respecta a las cifras de la economía que nos viene, a la duración de la crisis y a la propia existencia del concepto de crisis. Zapatero, en suma, va a tener que emplear un nuevo lenguaje, más directo, más brutal, más decidido y no ofrecernos como soluciones parches consistentes en la congelación de los sueldos de los altos funcionarios, que ni son tan elevados ni resuelven siquiera el chocolate del loro.
No ha tenido el presidente, no, demasiado tiempo para preparar esta intervención parlamentaria, entre mítines en Navarra, asistencia a partidos de futbol (que esa ha sido otra) en Austria, cumbres con los franceses y viajes relámpago a Dinamarca, que menuda agenda tiene el señor ZP. Y va a ser una intervención en la que va a tener que sortear trampas para elefantes y la agresividad de un Mariano Rajoy crecido, la incredulidad de un Llamazares desconfiado, el escepticismo de un Duran desengañado, la educada descalificación de un Erkoreka que mantiene un equilibrio difícil, la contundencia de una Rosa Díez que de economía no sabe mucho, pero sí sabe de mítines desde el atril... En fin, que lo va a tener complicado el señor Zapatero para salir airoso.
Menos mal, pensará, que luego le queda el remanso de paz de "su" Congreso Federal, que tendrá lugar el fin de semana en Madrid. Todo está atado y bien atado, las aguas son un estanque y la militancia entera, con ninguna discrepancia significativa, le respeta y hasta le venera. Por eso mismo, en ese congreso triunfal entre sus entusiastas, tendrá que esforzarse más aún por convencer de la bondad de sus planes a los españoles que no son los suyos, pero que dudan y tampoco son de otros, a los que no le aclaman pero tampoco le abuchean, que tengo la impresión de que son la mayoría. Me parece a mí que ha llegado la hora de que el señor Zapatero ofrezca, de verdad, pactos serios a las demás fuerzas políticas y a la sociedad, que lo que quiere son avances y no guerras entre unos políticos a los que los ciudadanos pagan para que les solucionen la vida.
En efecto, Zapatero tiene ante sí dos discursos importantes esta semana. Y ya no puede seguir diciendo más de lo mismo.

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