Zapatero en horas bajas

25.06.2008 | 02:00

Fernando Jáuregui

Se quedaron solos los socialistas, siguiendo, a mi juicio, una estrategia equivocada, en su intento de evitar una comparecencia de Zapatero ante el pleno del Congreso para hablar de la "crisis" económica. Esta comparecencia ha sido solicitada por los restantes grupos parlamentarios, que han logrado llevar al presidente a un terreno del que huye como gato escaldado: no es lo mismo, en momento de vacas flacas, hablar de economía ante un foro favorable, como el de este lunes en el Consejo Económico y Social, que ante una oposición -que ahora ya no es solamente el Partido Popular- deseosa de hablar de la presuntamente mala gestión económica del gobierno en el Congreso de los Diputados.
Me siento escasamente capacitado para delimitar hasta dónde es el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero responsable de lo que nos viene encima. O, lo que es lo mismo, hasta dónde resultaba imprevisible, porque es más bien global, la llegada de esta crisis que, para el gobierno español, no es crisis, sino otras cuantas cosas que, en el fondo, quieren decir lo mismo, pero suenan más suave. Y conste que siempre he pensado que no es precisamente el gobierno de una nación el encargado de alarmar a las buenas gentes, ciudadanos inversores y consumidores, magnificando catástrofes, económicas o de cualquier otra clase. No acaba de parecerme mal, por tanto, que los ministros, y el propio presidente, eviten pronunciar la palabra que se ha convertido en maldita; además, están encantados porque el grueso de la polémica se centra en una cuestión meramente semántica, en lugar de en cuestiones más de fondo.
Pero sí creo estar capacitado para diagnosticar que Zapatero, recién cumplidos sus primeros cien días de mandato en esta segunda legislatura, vive horas bajas. Las medidas anunciadas el pasado lunes no han convencido a los expertos ni a los comentaristas -claro que, hubiese dicho lo que hubiese dicho, en estas circunstancias y con esta coyuntura se le hubiese criticado-. Y, para colmo, en lugar de haber sido él quien solicitase explicarse ante el Parlamento, antes de que este inicie sus injustificadas y larguísimas vacaciones estivales, ha tratado de escaparse de la comparecencia.
No es la cobardía precisamente el distintivo de un ZP que siempre se ha distinguido por un valor rayano en la osadía; pero ahora nos ha obligado a pensar que o bien no tiene nada que decir o, peor, que puede que tenga que decir cosas que no nos va a gustar nada oír. Pero tendremos que escucharle, y muy atentamente, por cierto.

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