Lo que no funciona en Europa

 

SAMI NAÏR

Desde el referéndum europeo sobre la Constitución, en 2005, y después del rechazo francés y holandés, se sabe que algo va mal en el proyecto europeo. Todos los sondeos demuestran que las poblaciones europeas tienen, desde entonces, una mirada cada vez mas crítica en contra de este proceso, considerado como elitista y fundamentalmente destructor de los acervos sociales de los países mas
desarrollados socialmente. Cuando franceses y holandeses votaron en contra, las elites intelectuales y políticas europeas acusaron a estos pueblos de "antieuropeísmo", de conservadores, de chovinistas y otras amenidades. Pero tanto los franceses como los holandeses no necesitan recibir ninguna lección de "europeísmo", pues comparten una cierta idea de Europa. No querían una Europa reducida a un mero mercado, en el que la competición económica interna favorezca a los países más atrasados socialmente, o sea, basada en el dumping de los sueldos, en la destrucción de los servicios públicos, en la privatización del vínculo social (pensiones privadas, hospitales privados, educación privada, etcétera). Frente a esta situación, las elites políticas volvieron con otro proyecto, esta vez avanzado por Nicolas Sarkozy, el presidente francés. Se trata de un nuevo texto, que no cambia nada, pero sucede que esta vez se ha prohibido al pueblo votar. El texto se adoptó en Lisboa, a escondidas de la soberanía popular. Los dirigentes piensan que el nuevo texto va a solucionar las cuestiones de funcionamiento institucional, sobre todo favoreciendo la toma de decisiones a partir de un sistema de mayorías "cualificadas" que permita avanzar más rápidamente. Pero nada de eso es seguro.
Porque el verdadero problema de Europa no es institucional. Es político y social. Político, porque Europa no existe a este nivel y los socios están muy divididos entre ellos: grosso modo, los franceses no quieren una federación porque significa el fin del modelo republicano francés; al contrario los alemanes abogan para una federación porque significa la transposición de su propio modelo federal a escala europea; los británicos rechazan los dos modelos precedentes buscando únicamente un conjunto de Estados naciones; los italianos y los españoles imaginan legítimamente un modelo institucional que les favorezca frente a los tres grandes países; los nuevos socios del Este rechazan tajantemente el modelo federalista, pues acaban de conseguir su independencia, etcétera. O sea, la Europa posible no puede ser más que la de los acuerdos concretos, precisos, entre europeos. Deben entonces inventar un modelo institucional sui generis para tomar decisiones comunes y esperar que se fortalezca la identidad europea para ir mas allá.
En política internacional, las contradicciones son mucho más importantes: cada país europeo tiene sus tropismos históricos. A Francia le interesa una política fuerte con el mundo árabe y África; a Alemania le importa un pepino y se concentra sobre su zona de influencia tradicional, o sea el Este. ¿Se va a crear un ministerio de asuntos exteriores europeo? No va a solucionar nada: los países van a seguir defendiendo sus intereses históricos. No podemos imaginar que Gran Bretaña pueda aceptar una defensa europea sin el aval de Estados Unidos, que Alemania pueda apoyar una actitud mas firme frente por ejemplo a Rusia, que Francia sea totalmente impotente en el Mediterráneo. La Unión puede resolver problemas de funcionamiento institucional de corto alcance, pero falta mucho, muchísimo, para que pueda existir como potencia política internacional. Basta con recordar cuál es el presupuesto europeo comparado al PIB de los europeos para darse cuenta de la diferencia abismal existente entre los discursos retóricos y la realidad: este presupuesto no supera el ¡1% del PIB europeo!
Y los grandes países están abogando para ¡recortarlo más! Dicho de otro modo, la Unión está condenada a la impotencia política. Será un gigante económico liberal y un enano político impotente.
Socialmente, la situación es mucho más grave. Ahora se ve claramente que la construcción de un gran mercado beneficia sobre todo a los más poderosos. Primero, Europa se vuelve cada vez más un espacio de competición interna, en el que el ajuste se hace a favor de los países cuyo sistema social es el más flojo. No es el modelo alemán o francés el que tiende a prevalecer, sino el de Portugal, Polonia o Grecia. Al no tener una política común en términos de derecho de trabajo y de armonización fiscal, son los países mas atrasados los que imponen su modelo, pues es allí donde van los capitales europeos y mundiales para conseguir mas provechos. Y sabemos también que para estos últimos la cantinela es que el precio del trabajo es demasiado alto en Europa y prefieren invertir en adelante en el Magreb, en China o India, donde los sueldos son inconmensurablemente ¡mas bajos! Hoy en día es imposible conseguir un acuerdo con los británicos o los países del Este para tener una política fiscal común.
Si tomamos el problema del euro fuerte, nos encontramos con la misma situación. Alemania no quiere bajar los tipos de interés y apoya la política monetarista ultraliberal del Banco Central, defendiendo la "independencia" de esta institución. Pero Francia se queja de esta política, pues castiga su comercio exterior, mientras el de Alemania es el más importante del mundo. Pide entonces una nueva política del euro. Ni Italia ni España quieren involucrarse directamente en este debate, pues no tienen un comercio exterior importante (muy débil en el caso de España). Ahora bien, ¿por qué el comercio exterior alemán es fuerte? Hay factores históricos, de especialización productiva (maquinas-herramientas) y de modelo social. ¡Aquí estamos! En 2000, los alemanes, sin pedir nada a nadie, hicieron una compresión de los costes de sueldos muy fuerte, que ha permitido ganancias comerciales, tanto dentro de la zona euro como fuera: mas de 200 mil millones de euros, en detrimento especialmente de los socios europeos. Todos estos juntos llegaron sólo a los ¡150 mil millones de euros!
Esta estrategia alemana frenó el crecimiento de toda la zona euro. Y con toda exactitud es por ello por lo que la contestación social se desarrolló en Alemania y de esa forma, de un lado, hizo perder el poder al SPD y de otro, más recientemente, permitió que la izquierda reagrupada en el nuevo partido de Oskar Lafontaine, Die Linke, ganara poder. Se ve claramente con este ejemplo que el ajuste se hace por abajo, incluso cuando se trata de países muy potentes como Alemania. Y se ve también que este país no quiere un euro adaptado a la situación actual, o sea que favorezca la baja de los tipos de interés (en España, conocemos las consecuencias de esta política sobre la crisis inmobiliaria), porque con un comercio exterior floreciente a bajos costos, puede aprovecharse del euro fuerte.
En realidad, Europa no puede funcionar así. Es una situación que va a provocar daños irreparables. La crisis actual entre Francia y Alemania arriesga destrozar todo el conjunto europeo. Sarkozy se ha vuelto hacia Gran Bretaña, pero este giro diplomático no va a tener efectos importantes, pues siempre Gran Bretaña ha aprovechado de la rivalidad entre Francia y Alemania. Europa no debe ser dominada por una potencia, ni por dos o tres. Es un concepto nuevo, original, que implica la necesidad de estrategias cooperativas para el relanzamiento de la economía europea. Europa necesita una política social común, pues sin ella veremos volver a aparecer los egoísmos económicos y, desgraciadamente, los nacionalismos integristas. ¿Será Berlusconi, con su gobierno de antiguos y nuevos fascistas, el porvenir de Europa?

 

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