LA SEMANA POLÍTICA QUE EMPIEZA
 

Este congreso del PP no se ha cerrado en falso

23.06.2008 | 02:00

FERNANDO JÁUREGUI

Concluyó, en medio de una indudable euforia, el congreso del Partido Popular. Ha sido un congreso importante, me parece, por muchos motivos. Entre ellos, por lo que tiene de apuesta de futuro: pienso que la crisis en el interior del PP ha terminado. No creo que el congreso se haya cerrado en falso, precisamente. "El PP ya está en la final, y la va a ganar", fueron las últimas palabras de Rajoy, en un símil futbolístico con lo que él quería que ocurriese unas horas después en el encuentro de la Eurocopa frente a Italia.
Claro que el protagonista ha sido Mariano Rajoy. Sin discusión. El gran triunfador, que ahora tendrá que revalidar esta victoria congresual. Y los nuevos miembros de la comisión ejecutiva, Dolores de Cospedal, Esteban González Pons, junto con los no tan novatos Javier Arenas -que no, que no va a ser el `hombre fuerte´ del PP refundado- y Ana Mato, en principio la pieza más débil del eslabón. Rajoy ha sabido integrar bien a los miembros de la nueva dirección ejecutiva: el madrileño Juanjo Güemes, consejero de Sanidad en el gobierno de Esperanza Aguirre, y yerno del castellonense Juan Manuel Fabra, su antecesor en el cargo Manuel Lamela y el vicepresidente madrileño Alfredo Prada, representan la voluntad de integrar a Madrid, cuna y foco de la disidencia, aunque ahora la `rebelión´ queda representada por un Ignacio González , el `brazo derecho´ de `Espe´, que ha quedado aislado y debilitado. Como han quedado debilitados otros focos que supusieron intentos de acoso y derribo para Rajoy: por ejemplo, Jaime Mayor Oreja volverá a la lista europea (si él quiere) sin haber logrado convencer a la militancia de que María San Gil ha sido una víctima de alguna clase de `furor nacionalista´ por parte de la nueva dirección.
¿Y José María Aznar? El ex presidente del Gobierno representa mucho menos de lo que él cree. O creía. Le aplauden mucho los compromisarios, pero le afean sus desplantes, sus desaires y sus gestos antipáticos, que prodiga. Ha dicho lo que él creía que tenía que decir, ha defendido al saliente Angel Acebes, a quien nadie atacaba y todos aplaudían, como nadie ha atacado a San Gil o ni siquiera -y eso que el Congreso se celebraba en Valencia- al ausente Eduardo Zaplana, que no es, por cierto, de la misma pasta que los dos anteriores.
Ha acabado el `aznarismo´, como la refundación de 1990 concluyó con el `fraguismo´, tras la etapa del `manchismo´ -¿por qué no acudió, siquiera como invitado, el olvidado Antonio Hernández Mancha?-. Y algunos que apostaban por la pervivencia de las tesis más `duras´ de la anterior legislatura han perdido la partida: por allí, ni en el Congreso ni en la multitudinaria clausura, no se vio a ciertos destacados periodistas que han jugado a fondo en la operación de acoso y derribo de Rajoy; ni había representantes episcopales, ni de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, a cuyos rectores presentes y pasados les debe de haber gustado muy poco la aceptación de la hermana de Miguel Ángel Blanco para formar parte de la ejecutiva. Tampoco vimos, o estaban por allí casi de incógnita, a quienes protagonizaron el `antimarianismo´ desde el PP: Juan Costa, Gabriel Elorriaga... Parte de la delegación madrileña se había marchado ya cuando comenzó el acto de clausura.
Y está naciendo un nuevo partido, más de centro que el PP que acudió a las elecciones del pasado 9 de marzo. Más libre de adherencias, de hipotecas. Ha roto con la historia, y no son solamente rostros nuevos -desde el de Soraya Sáenz de Santamaría hasta el de la secretaria general- los que van a marcar la impronta de lo que los `populares´ hagan en adelante: es la coyuntura que vive el país, que ha entrado en una era de mayor concordia y necesidad de pactos, en una etapa `templada´, la que va a marcar las líneas generales de actuación del principal, y virtualmente único, partido de oposición. Dicen que las afiliaciones se han disparado desde los prolegómenos del Congreso, en un nuevo rapto de ilusión tras tres meses de desconcierto y casi un lustro de contradicciones, que impedían saber qué era lo que verdaderamente pensaba y quería el PP. Ahora, falta saber si habría lugar para una formación más a la derecha: tengo para mí que no, porque las discrepancias de estos meses no se han centrado precisamente en cuestiones ideológicas, más allá de si se condenaba o no de boquilla al PNV.
Como comentarista que ha tenido que seguir la difícil marcha de la derecha española desde que, en 1977, Manuel Fraga formó aquella extraña alianza de `los siete magníficos´ (todos ellos franquistas casi sin evolucionar, excepto el propio Fraga), pienso que no sería conveniente ahora entrar en adivinanzas nominalistas: ¿cuál es el futuro personal de Alberto Ruiz Gallardón? Es, sin duda, uno de los grandes triunfadores no del Congreso, sino del pericongreso. ¿Y los `barones´ territoriales, Camps, Herrera, Valcárcel? Yo pienso que cada cual ha jugado su papel, pero sería absurdo insistir en ellos como posibles candidatos a suceder a Rajoy: la etapa de las especulaciones se ha acabado, me parece. Ni el presidente valenciano, que estaba exultante, tiene, pienso, ilusiones sucesorias. ¿Y Rodrigo Rato? Llegó al Congreso como visitante fugaz, y así se le percibió, con cuantos aplausos se quieran;Rato, a su pesar, sigue siendo un arma arrojadiza por algunos.
Creo que se ha despejado una incógnita, si es que realmente lo era, y el propio interesado lo dejó entender en su discurso de clausura: Mariano Rajoy va a ser el candidato frente a Zapatero -o frente a quien Zapatero quiera colocar eventualmente como sucesor- en las próximas elecciones generales. Y tengo para mí que cuenta con un partido que parte bastante unido, pese a todo, de este Congreso para intentar ganarlas: lo demás, dependerá de él. Hombre, del Congreso parece salir con ganas, pero, ¿le durará el impulso?

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