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La austeridad

22.06.2008 | 00:00

Javier Sánchez de Dios

Así que, y dicho con cierta sorpresa, a este país -o a sus fuerzas vivas-, parecer traerles al fresco el anuncio de austeridad que hizo el señor presidente del Gobierno tras el encuentro de Moncloa con una parte de la patronal y otra parte de los sindicatos. Un anuncio que contrasta tanto con la tesis oficial de hace sólo cuatro meses que permite dudar de que el gobierno tenga las ideas claras sobre la auténtica dimensión de la amenaza económica a la que se enfrenta, pero que por lo visto tampoco preocupa a quienes van a padecer sus efectos. Debe de ser porque llegó el verano.
(Se habla de las fuerzas vivas -aunque hay quien se pregunta si aún lo están- en el sentido tradicional, porque las otras, las que suma el resto de la sociedad, hace tiempo que se afanan en salir adelante en su batalla. Microeconómica, probablemente, pero tan humana que se resume diciendo que consiste en hallar el modo de llegar a fin de mes, óptica que desprecian los grandes analistas por su estrechez pero que resulta como la vida misma. O, dicho de otro modo, se ajusta a la realidad y por tanto debería pesar bastante más en las estrategias de algunos.)
Así las cosas, lo de la austeridad es mucho más que una palabra e incluso que un concepto prudente para transformarse, según se mire, en una especie de riesgo. Porque en su acepción de reducción de gastos quizá signifique el aumento de la distancia que ya separa a unas comunidades de otras; en concreto, puede alejar a las que tenían en proyecto o en inicio asuntos claves de aquellas otras que están a punto de terminarlos y ya ni se diga de inaugurarlos. Y no sólo, aunque sobre todo por su efecto multiplicador, en el área de infraestructuras, conste.
Puede ser el caso de Galicia, claro. Y recordarlo para reclamar primero una reflexión, después una aclaración y finalmente una acción para evitar el riesgo de quedarse atrás no significa en modo alguno victimismo, exageraciones o intentos de "marear la perdiz", sino de poner algunas cosas en su sitio y, sobre todo, impedir que los farsantes se salgan con la suya. Porque de un tiempo a esta parte la poderosa maquinaria oficial intenta reducir a anécdota o descalificar las reclamaciones, y semejante costumbre no debería convertirse en norma No cuando no tiene razón, al menos.
A partir de ahí no estorbaría que eso de "ponerse las pilas" que le acaba de reclamar el jefe del ejecutivo gallego a Fomento en el asunto de Serrabal -donde, dicho sea de paso, la actitud del señor Villar Mir le proporciona una excusa al ministerio para justificar retrasos en el AVE: quién lo diría-se extendiese al conjunto de las citadas "fuerzas vivas", para ver si espabilan de una vez.
¿O no...?

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