Diez mil gallegos más (y gracias)

 

Anxel Vence

Aunque aquí siga muriendo mucha más gente de la que nace, Galicia ha engordado su peso demográfico en unos 10.500 nuevos vecinos durante el pasado año 2007. No es que los gallegos nos hayamos entregado a la fornicación sin preservativo siguiendo algo tardíamente los consejos que en materia de sexualidad reproductiva solía impartirnos hace años el entonces monarca Don Manuel. Ya quisiéramos.
El milagro obedece en realidad a la llegada de más de 13.000 inmigrantes que han compensado la pérdida natural de población hasta el punto de levantarnos la paletilla del censo. Una de las pocas cosas que se nos levantan ya, dicho sea de paso, en este envejecido reino donde las empresas de pompas fúnebres son un negocio con mucho mayor futuro que las clínicas de natalidad.
Pero ya se sabe que la alegría dura apenas un minuto en casa del pobre. Aclaran los contables del Instituto Nacional de Estadística que Galicia fue el segundo reino autónomo peninsular -empezando por la cola- que menos se repobló de gente durante el último ejercicio.
Si se compara con el aumento de la población de España en general, que el pasado año sumó más de 800.000 nuevos habitantes, el superávit de 10.500 logrado por Galicia oscila entre lo risible y lo imperceptible. Aunque algo es, naturalmente.
Peor estábamos a comienzos de esta década, cuando el padrón de Galicia se desangraba a un ritmo anual de 10.482 vecinos menos: cifra de pérdidas curiosamente similar a la de ganancias que ahora mismo disfrutamos. Parecíamos por aquel entonces resignados a la extinción de este país por mera falta de paisanaje e incluso hubo quien pensó en colgar a la salida de las carreteras y aeropuertos de Galicia un cartel con la leyenda: "El último en salir, que apague la luz". Felizmente, no hay mal que cien años dure.
La tendencia a la baja empezó a invertirse coincidiendo -no por casualidad- con el principio de la era dorada del ladrillo durante la que se construyeron en España más viviendas que la suma de las edificadas en Alemania, Gran Bretaña, Francia y otros países pobretes. Gracias a esa desenfrenada especulación, el Producto Interior Bruto creció aquí un par de enteros por encima de la media de la Unión Europea. Y la consiguiente bonanza atrajo a millones de trabajadores de todo el mundo al reclamo de lo que algunos llamaron -algo abusivamente- el "milagro económico español".
Ahora hemos sabido, con gran dolor de corazón y de cartera, que el famoso milagro tenía truco. El castillo de naipes de la construcción se ha venido finalmente abajo y está a punto de sepultar bajo sus cascotes a la economía de ficción que había convertido a España en un engañoso país de nuevos ricos.
La noticia no puede ser más desesperanzadora para los gallegos. Si este pequeño, esquinado y relativamente pobre reino del noroeste apenas pudo atraer un puñado de inmigrantes en la época de las vacas gordas, mucho es de temer que la crisis apenas comenzada reduzca a cero el número de nuevos avecindados en Galicia durante los próximos años. Abunda a favor de esa hipótesis el hecho de que el Gobierno haga ya planes para pagarles el viaje de vuelta a los extranjeros que tanto han contribuido a levantar la economía y el censo del país en la pasada década prodigiosa.
Mal augurio parece este para una Galicia en la que un tercio de la población vive de las pensiones del Estado y los niños han pasado a ser una especie exótica que sólo puebla -y en pequeño número- una de cada cuatro casas gallegas.
Dice por viejo y por sabio el ex presidente catalán Jordi Pujol que Europa será a no tardar mucho un enorme asilo al aire libre habitado por "vejetes que beben cerveza al cuidado de unos inmigrantes que, además, les pagarán las pensiones". Ojalá. Ya nos conformaríamos los gallegos con que quedase alguien aquí para sufragarnos la jubilación.
anxel@arrakis.es

 

Galicia

Simón Espinosa
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