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Álvaro Otero

Cuando, alcanzando la página 834, comienza a vislumbrarse el final de Vida y destino, sin duda una de las grandes novelas del siglo XX, su autor, Vasili Grossman, se sumerge de pronto en la mente de Stalin cuando acaban de informarle que sus tropas han roto el cerco a Stalingrado y que el ejército alemán se repliega. Sabe que es una batalla que cambiará el curso de la Gran Guerra y, por tanto, de la Historia, pero sobre todo sabe que esa victoria, ese cambio de rumbo ejecutado en apenas veinticuatro horas tras largos meses de sangre y fuego, borrará como por ensalmo los excesos por él cometidos en los años precedentes, los millones de muertos y represaliados, la colectivización forzosa, los desplazamientos de cientos de miles de personas, las hambrunas provocadas por su poder atrabiliario y obsesivo. Stalin no es mejor que ese Hitler cuyos ejércitos se retiran ahora sobre el frío devastador del noviembre calmuco, pero el éxito, frente al fracaso del Führer, le redimirá. "No sólo había vencido al enemigo presente -escribe Grossman-, también se había impuesto sobre el pasado. La hierba crecería más espesa sobre las tumbas campesinas de los años treinta". Y añade más adelante: "Sabía más que nadie en el mundo que a los vencedores no se les juzga". Es ésta una verdad, una evidencia que nos asalta a cada paso, y el último capítulo ha sido la concesión estos días del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación a Google. No puedo imaginar tamaño despropósito. Premiar a esta herramienta es premiar el éxito por encima del compromiso, justo lo contrario de lo que, supongo, está en el espíritu de ese galardón. Google es un invento fascinante, pero su utilidad nada tiene que ver con la lucha por un mundo mejor. Lo demostró en China, donde sus fundadores no dudaron en plegarse a las exigencias de su gobierno totalitario y eliminaron del buscador términos tan delicados como, entre otros, Tiannamen. Google, ya entonces, tenía un poder inmenso y los recursos suficientes para rechazar semejantes imposiciones y poner su buen grano de arena en esa verdadera lucha por un mundo mejor a la que dicen estar adscritos, pero optaron por el negocio antes que el compromiso. Legítimo por su parte, pero deleznable desde los criterios que deberían regir la concesión de un premio como el Príncipe de Asturias. Miles de Lydias Cachos, de periodistas, de personas anónimas y frágiles, y por tanto mucho más valientes que ellos, se merecían este espaldarazo. Pero se ha optado por el triunfo. Las reflexiones de Vasili Grossman, la satisfacción de Stalin tras aquella batalla, siguen vigentes.

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