La oportunidad

 

Javier Sánchez de Dios

Así que, si se atiende la opinión de algunos expertos en análisis de lo laboral, no parece que hayan elegido bien, las portavoces del colectivo de empleadas de hogar, el momento oportuno para plantear su legítima exigencia de atención. Y no porque no sea lógica y sobre todo justa, sino porque confluyen dos datos a cada cual peor: uno, la crisis económica que afecta a los empleadores, en su mayor parte familias de nivel medio; y de otro, el aparente desguace parcial del llamado Estado del bienestar en Europa.
En este punto, y antes de proseguir, es necesario insistir en la justicia de la demanda de un colectivo que a día de hoy no sólo cubre las necesidades individuales de otros miles de personas, sino algunas asistenciales del Estado, tan cicatero a la hora de aportar los fondos que prometió para la atención de la dependencia. Porque es un hecho evidente que las empleadas de hogar son hoy no sólo amas de casa bis sino, además, cuidadoras de ancianos y/o niños, más allá de lo que diga la teoría.
Ocurre que en esto, cini en algunas Leyes, rige lo de "dura realitas, sed realitas". Y la plena consideración del trabajo de hogar en sus justos términos podría resultar perjudicial para las economías domésticas de quienes, como sus empleadores, soportan ahora mismo el incremento de precios y la asfixia creciente de la hipoteca mientras el salario del que detraen una parte para abonar los servicios de hogar apenas crece o, peor aún, mengua con la inflación y otros efectos colaterales de la situación financiera general.
Así las cosas, hay que volver sobre la referencia a la política reductora del Estado del bienestar. Un dato que niegan muchos gobiernos pero constatable en la política de la UE, que tiende a mantener los impuestos indirectos, rebajar las conquistas sociales y, sobre todo, buscar el modo de competir con otras economías a base de contener los salarios e incrementar las jornadas. Y aquella contención y éste aumento juegan en contra de las empleadas de hogar, que están reclamando precisamente horarios razonables y sueldos dignos.
En todo caso, las dificultades que se señalan no pueden suponer ni un paso atrás en la atención por la autoridad laboral de lo que no es sino justicia para ese colectivo. Parece llegada la hora de que se le reconozca además la influencia que tiene para la buena marcha de una parte notable de lo que hoy en día se llama normalidad ciudadana: si se está viendo estos días lo que de verdad significa para todos un paro en el transporte, no es difícil de imaginar lo que ocurriría de darse el caso de una huelga masiva de empleadas de hogar.
No se trata de convocar al diablo ni de provocar alarma sin motivo: sólo de reflexionar acerca de la utilidad de que la Administración haga lo que dicen que, como al individuo, duplica su valor, que es prevenir. Y hacerlo a su debido tiempo, claro.
¿O no...?

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