Che, cómo está el país

11.06.2008 | 00:00

Anxel Vence

Che, empiezo a encontrarme como en casa", confesaba el otro día con sorna un amigo argentino a la vista del quilombo en el que España vive inmersa desde hace varios meses con el derrumbamiento de la construcción, las brutales subidas de precios, el crecimiento exponencial del paro y -finalmente- la amenaza de desabastecimiento en las tiendas. Estamos de un peronista subido por aquí.
Los argentinos gastan fama de exagerados, pero en este caso resulta natural que el paisaje socioeconómico español les traiga recuerdos -aunque no exactamente añoranzas- del que dejaron atrás en su país.
Allá por tierras de la Pampa, otro gobierno populista como el de acá lleva también algunos meses lidiando con las demandas de los agricultores. Al igual que ahora en España, en Argentina son habituales desde el pasado marzo las imágenes de carreteras bloqueadas y la presencia de piquetes, que en la República del Plata son toda una institución. Tanto, que incluso el gobierno dispone de sus propias partidas de "piqueteros" dispuestos a contrapiquetear a los manifestantes antigubernamentales.
Tampoco hay grandes diferencias de fondo entre las protestas de los agricultores argentinos y las de los transportistas y marineros españoles, contra lo que pudiera parecer. Si en Argentina es un impuesto del 45 por ciento sobre las exportaciones agrarias el que ha desatado la ira de las gentes del campo, aquí es una descomunal subida en los precios del gasóleo la que ha dejado a los barcos amarrados al muelle y a los camiones parados en la carretera.
Distintos y distantes en apariencia, los dos conflictos tienen sin embargo en común ciertos rasgos de carácter fiscal. Los cultivadores argentinos interpretan como una confiscación la tasa del 45 por ciento que, como ya se dijo, el Gobierno de la presidenta Fernández ha impuesto a la soja, el girasol y otros productos de la huerta. Nada tiene que ver el Gobierno español, en cambio, con la subida del barril de petróleo; pero no es menos cierto que casi la mitad del precio de un litro de carburante -un 42 por ciento- corresponde a tributos que van a parar a las cajas registradoras del Estado.
De ahí que los armadores y transportistas de acá reclamen entre otras disposiciones una rebaja de los impuestos con los que se grava la gasolina y se agravan los números rojos en la cuenta de explotación de sus empresas. No ha de ser tan descabellada la petición cuando el presidente francés Sarkozy la ha respaldado; pero tampoco parece que el Gobierno español ni la UE estén por la labor de imitarle y renunciar a los copiosos ingresos que obtienen de ese diezmo.
La diferencia entre las huelgas de Argentina y España reside, si acaso, en que la de allá se viene prolongando -con intermitencias- desde hace unos tres o cuatro meses, mientras la de acá apenas ha entrado en su tercer día. Así se explica que haya llegado a escasear la carne y la leche en una república como la rioplatense que pasa por ser uno de los mayores productores de vacuno del mundo, mientras en España el abastecimiento de esas y otras mercancías no sufre -por ahora- particular quebranto.
Otra cosa es que la situación se complique y, por así decirlo, se argentinice, en el supuesto de que el Gobierno no acordase una solución con los huelguistas dentro de un plazo razonable de tiempo. Una hipótesis no del todo desdeñable si se tiene en cuenta que la más directa encargada de la negociación es la ministra de Fomento que tan notable capacidad para sembrar el caos demostró con los trenes de cercanías de Cataluña y el colapso del aeropuerto del Prat, entre otras gestas.
Pero tampoco hay que ponerse en lo peor. Pase lo que pase -y bastante ha pasado ya-, es seguro que el paraguas de la UE nos salvará al menos de caer en la quiebra financiera y la desdicha del "corralito". Y si todo falla, siempre nos quedará la Eurocopa.
anxel@arrakis.es

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