Tercer grado

08.06.2008 | 00:00

Juan José Millás

Día raro. Sueño que me condenan a la cárcel por hacer algo que a mí me parece normal. Dos policías me conducen a la celda. Justo en el instante de entrar en ella, me despierto. Salgo, pues, de la cama con la sensación de que el día es la cárcel. Me levanto con la garganta seca de los presidiarios. Todas las gargantas de todos los presos son la mía. Llego hasta el cuarto de baño y comienzo en ritual observándome los dientes en el espejo. No sé quién dijo que la dentadura forma parte del esqueleto. Es una gran verdad, de modo que ahí estoy, con mi esqueleto al descubierto, intentando recordar por qué he sido condenado a vivir en esta celda que llamamos día, que llamamos vigilia, y en la que todos nuestros actos están tan programados como los de un monje de clausura. O como los de la larva de un insecto, en cuyo código genético está escrito su devenir.
Me asomo al correo electrónico. Un amigo italiano me propone acudir en noviembre a Turín para dar una conferencia. Tomo nota de la fecha, hago cálculos, y compruebo que faltan justamente seis meses y un día: parece una condena. ¿Existirá el mundo dentro de seis meses y un día? ¿Existiré yo, esta cosa a la que llamo "yo", pero que tiene también algo de "tú", mucho de "él" y un poco de "nosotros"? En ocasiones, cuando me llegan invitaciones de este tipo, contesto automáticamente de forma positiva en la convicción de que para cuando llegue esa fecha tan lejana algo habrá ocurrido (el fin del mundo, mi muerte, un terremoto) que me liberará de cumplir el compromiso. Pero la experiencia dice que todo, excepto el fin del mundo, llega. Debería decir que no. Quizá dentro de seis meses y un día tenga una depresión de caballo.
Respondo a mi amigo italiano que no me atrevo a comprometerme para una fecha tan lejana y paso el resto del día fastidiado por la coincidencia entre mi sueño y los seis meses y un día. Mi perro dice que estoy intratable (tiene formas muy sutiles de hacerlo). Cuando por la noche me meto en la cama, tengo una sensación extraña de liberación, como si me dejaran salir momentáneamente de la cárcel del día. Quizá me han concedido el tercer grado.

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