A quienes tenemos un futuro de escaso porvenir

08.06.2008 | 00:00
En aquellos años 50 la tele empezaba a cambiarnos la vida.
En aquellos años 50 la tele empezaba a cambiarnos la vida.

Fernando Franco

Como cuando se abre un baúl lleno de polvo dejado por nuestros mayores en la buhardilla, así me sentí yo acuciado por una marea repentina de recuerdos cuando hace unos días una amiga de la infancia me envió unas fotos mías de hace más años de los que quisiera. En ellas aparecía en una etapa adolescente, uniforme y boina que delataba uno de esos campamentos de Acción Católica allá por la zona de Aldán y Menduíña, cara inocente y aún no maleada por la vida y, en una de ellas, el brazo sobre el hombro de mi madre de visita, aún no cuarentona pero que hoy ya pasó los 85. ¡Qué poder el de nuestra memoria! De súbito, sentí el aroma de la comida que hacíamos allá en la acampada, el polvo que se levantaba con el viento, el sonido de las marchas que cantábamos en nuestras caminatas o las risas de nuestros baños en la playa. Creemos que se ha ido todo fugaz pero sigue el pasado ahí, agazapado en una esquina del cerebro, dispuesto a despertar cuando queramos. Hummmm... siento el olor de las sopas maternas, el frío de aquellos inviernos y el roce de las sábanas de hilo de aquel tiempo en que Franco aún tenía para rato.
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¡Vaya pinta, ahí con la bandera! Miro la foto y sé incluso qué pensaba entonces ante aquella tienda de campaña que constituía el espacio soñado de nuestra primera emancipación del control paterno. Dentro de la misma, celosamente guardado estaba el álbum de cromos de Los Diez Mandamientos y unos tebeos de Hazañas Bélicas mezclados con otros del Capitán Trueno. Habíamos pasado ya el tiempo de las libretas de caligrafía de Rubio y del enamoramiento de una Marisol impúber por culpa de una Sofía Loren desabotonada que, en Orgullo y Pasión, aquella película en que el "glamour de Hollywood" y la España castiza se dieron la mano, nos hizo intuir a los niños de aquel tiempo que las mujeres eran algo más que madres y hermanas. Afuera sonaba la música enlatada del No-Do o el dúo Dinámico cantando "Quince años tiene mi amor", poco antes de que, mientras jugábamos con los tubos del Cheminova, Viva la Gente viniera a España con sus canciones. Cuando me hicieron esa foto que ahora veo, la tele recién llegada nos empezaba a cambiar la vida, nos abría nuevos mundos y nos incitaba a soñar con El Virginiano o el agente de CIPOL.
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Se tardan 50 años de vida -me escribía un amigo- en darse cuenta de que los recuerdos, las ilusiones, los deseos, las pequeñas cosas de la existencia, los pequeños logros no son mas que un mero entretenimiento, un pasatiempo en el que todos participamos, evitando escuchar ese ruido de fondo, ese murmullo, ese bisbiseo de velatorio... "Antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre ", escribía Garcilaso sugiriéndonos aprovechar la vida antes de que la fugacidad del tiempo nos cubra de canas los cabellos. Pero no hay nada peor que el pasadismo, exaltar la lejanía en el tiempo por un impulso compensatorio que huye de la realidad del presente. Y es que la memoria se inventa de muchas maneras. No podemos volver a esos 15 años porque no fue ayer, aunque parezca, aquel primer amor sino que por medio han pasado demasiadas cosas a través de las cuales nos hemos ido construyendo (o destruyendo, quién sabe). No podemos corretear ya por las calles de aquel Vigo que en los años 60 tenía 115 .000 habitantes, ni celebrar los domingos en aquellas grandes salas de cine hoy devoradas por la especulación. ¿Y qué? Vivamos lo mucho de bueno del presente.

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