La tranquilidad

 

Javier Sánchez de Dios

Pues la verdad es que, dicho con el mayor de los respetos para el equipo asesor del señor presidente Touriño -que alguno tendrá, como los demás jefes de Gobierno- quizá sea llegado el momento de que le aconsejen un cambio de táctica al menos en lo que se refiere a los análisis del momento económico. Porque ya no es razonable la insistencia en el mensaje de que aquí nada pasa, y si pasa es menos que a los demás; sobre todo cuando ya no lo sostiene ni siquiera el Consejo de Ministros, que admite una crisis donde antes sólo veía desaceleración.
Ese análisis optimista, en el que ha insistido don Emilio dos veces esta semana, choca con los datos y por lo tanto podría ser peor como remedio que el mal del pesimismo que sin duda desea evitar el señor presidente. Pero hay un aspecto delicado: la cátedra de Economía que tiene su señoría, y que es un valor añadido para el pueblo llano, dota de autoritas profesional a la autoridad política, pero no le confiere el don de la infalibilidad ni la blinda contra el error, y cuando alguien de esa categoría se equivoca, en vez de sosiego aporta más inquietud.
Naturalmente todo ciudadano sensato -sólo los tontos o los miserables se alegran de que un Gobierno fracase, porque el perjudicado primero es siempre el pueblo llano- desea que don Emilio no se equivoque y que los nubarrones que hoy aparecen en el IPC, el PIB y demás siglas que acuna la crisis no acaben en tormenta. Pero para asegurar mejor el efecto que se busca parece prudente mantener los pronósticos en un marco verosímil, y recordar el consejo de don Mendo sobre un juego de cartas en el que si no llegar es malo, pasarse es bastante peor.
El equipo asesor podría replicar que, de acuerdo con los resultados de los sondeos que lleva a cabo periódicamente, la actitud del señor presidente es valorada de modo positivo por los ciudadanos, y que su tendencia a situarse por encima de la melée refuerza su imagen de líder tranquilo poco dado a la bronca y al navajeo. Pero en una circunstancia como la actual existe cierto riesgo de que se confunda el sosiego con la frialdad y ésta con la lejanía; y cuando mucha gente no llega a fin de mes, la mera apariencia de que eso casi no va va con quien gobierna puede ser funesta.
En este punto, no estará de más recordar que, según prevén casi todos los especialistas, lo peor está por llegar y que, por tanto, si bien conviene no precipitarse, tampoco se puede hacer de don Tancredo ni practicar el "método Ollendorf" para responder que llueve cuando alguien pregunta a dónde puede llegar el dólar, por ejemplo. O, por mejor decir, poder se puede, pero no conviene a nadie.
¿Eh...?

 

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