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Sudor con receta (y II)

 

José Luis Alvite

Aunque por su propio interés los intelectuales digan otra cosa, a mí me parece que el encanto que las mujeres le ven al abatido poeta con acetona que les recita el hermafrodita aliento de las rosas, no es nada comparado con lo excitante que las señoras suelen encontrar la rústica determinación del rudo jardinero que cultiva las flores. Alguien dijo, y puede que tenga razón, que a Ernest Hemingway su vigoroso sentido de la literatura no le venía de la lectura de sus colegas, sino de haber practicado el boxeo. Desde un plano más humilde de la contemplación humana, creo que también tiene su valor lo que sobre la masculinidad me dijo de madrugada una fulana en un burdel: "Lo ideal sería un tipo con la pegada de un boxeador enfundada en las engañosas manos de un pianista". Es decir, furia y estilo. O sea, un beso en cuya pulpa, con la presión de la lujuria, al alma se le noten inequívocamente los dientes. A finales de los años sesenta los aires revolucionarios que llegaban desde París influyeron mucho en el auge de la reflexión intelectual y en el declive del deporte, así que los estudiantes se pusieron el anorak, se ajustaron la bufanda y renunciaron a sudar. El deporte sobrevivió en cierta clandestinidad gracias a que una ola de laicismo llenó los institutos de muchachos que venían de cursar estudios en los seminarios diocesanos y aportaron a las aulas un aire de exquisito humanismo infiltrado de infatigable brío futbolístico. Aquellos tipos tan cultos, y tan masturbados, eran devotos de Ionesco y de Herbet Marcuse, pero celebraron como si se tratase de algo personal la proeza de Bob Beamon al mejorar en medio metro en la Olimpiada de México la mejor marca mundial de salto de longitud. También aplaudían sin disimulo las proezas de Manolo Santana. Aquellos muchachos con gafas de concha se sirvieron del deporte para liberarse de los adiposos excesos de la erudición conciliar. Se extasiaban al describir la armonía canónica y escultórica de las estatuas griegas, pero sabían que si alguien le pusiese una raqueta cerca, incluso a la Venus de Milo le habrían salido brazos. Supongo que para aquellos tipos tan cultos y al mismo tiempo tan deportivos, el misterio coloidal de la Eucaristía estaba incompleto si al cuerpo místico de Cristo no se le añadía un poco del pagano sudor de los albañiles. Por alguna razón que entonces no creí necesario analizar, los ex seminaristas nos descubrieron a sus otros compañeros de bachillerato que en determinadas circunstancias, la absorción intelectual era en cierto modo equiparable al metabolismo de las grasas. Semejante hallazgo fue para mí una auténtica revelación. Aquellos muchachos sabían Filosofía y Latín, conocían al dedillo la Historia del Arte, y a mayores, poseían el más sofisticado toque de balón y lanzaban las faltas con barrera mejor que nadie. Muchos de ellos no habían perdido la fe, pero comprendieron que el mundo estaba cambiando y que a partir de entonces todo iba a ser de otro modo. Después algunos de ellos se echaron novia. Tenían gancho con las chicas porque se daba en ellos aquella envidiable mezcla de pensamiento y deporte que tanto los distinguía de los sedentarios revolucionarios de salón. Y aunque entonces no reparé en ello, con el tiempo comprendí que si tenían tanto éxito con las chicas era porque cumplían las expectativas femeninas de dar con un hombre capaz de cortar con sus propias manos las flores que al abrirse oliesen a cine, a sudor y a tabaco. Habrían de pasar muchos años antes de que pudiese constatar personalmente la importancia fisioemocional de aquel hallazgo, pero recuerdo haber tenido entonces la sensación de que aquella hornada de curas frustrados había traído a las aulas del instituto un aire renovador con inequívoco olor a linimento, y que a partir de entonces no me serviría de mucho afrontar el resto de mi vida sin atenerme al hecho evidente de que en lo sucesivo no me serviría de nada sostener una sola idea que no fuese la consecuencia de haberse mezclado en mi personalidad el hastío moral, la indolencia sicológica y ese extraño y fértil cansancio que invade a un hombre cuando mismo parece que haya jugado al fútbol con un ejemplar de "Le Monde" en las manos. Ahora a los políticos se les da por limitar las horas lectivas de la asignatura de educación física. Supongo que prefieren administrar los caprichos de su gobierno sobre una silenciosa necrópolis de apáticos muchachos sedentarios. Imagino que de haber estado en sus manos, nuestros políticos le habrían prohibido el boxeo a Ernest Hemingway. Y entonces, privado de su fogosidad y de su rebeldía, el bueno de Hemingway se habría convertido en jefe de prensa del Panteón de Galegos Ilustres, ese frío y hermético apartado de correos en el que ni siquiera suda el cartero que les devuelve la correspondencia.

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