Saramago en Lisboa

 

Juan Cruz Ruiz

La casa de José y de Pilar, los Saramago, en Lisboa es como una casa de muñecas. Está cerca de una plaza frondosa y tranquila que, siendo atlántica, parece trasplantada de cualquier villa nuestra, acaso de Haría o de Tejeda, o de Tacoronte.
Pilar dice que la compró por teléfono hace tres años, mientras ellos estaban en el Día del Libro, en Barcelona. Justamente en el aniversario de ese día entré yo en esa casa lisboeta de los Saramago. Es muy distinta a la casa (A Casa) que tienen en Tías, en Lanzarote, desde 1993, cuando se fueron a vivir allí, a habitar la ausencia de César Manrique y a darle a esta isla el calor que la desgraciada pérdida de aquel volcán humano le quitó de un mazazo.
La casa de Tías es luminosa y grande, mira hacia el mar (y hacia Unamuno, en Fuerteventura) y está beneficiada por esos alisios que César creyó que eran milagros. Y esta casa lisboeta es chiquita, ensimismada, acaso, he pensado ahora, como la propia obra poética y narrativa de Saramago.
Es de alto y bajo, como decimos en Canarias; arriba está el estudio, y allí estaba José, ensimismado, escribiendo su nueva novela, en una atmósfera (como en todos sus estudios) impoluta y grácil, animada por el festejo del verbo de Pilar y arrimada a la tierra por la consistencia de los sueños (Consistencia de los sueños: ese es el título de la exposición sobre su vida; pero eso viene más tarde) del autor de Todos los nombres...
Donde él va, y va ese ordenador, Saramago tiene como una potencia interior que le va circulando por la cabeza hasta convertir en palabra lo que, si fuera escultor, algún día sería también piedra... Piedra o palabra, ahí está, el hombre con su yunque, celebrando la literatura, y en este momento celebrando la vida en la compañía entrañable de Pilar y en compañía... de la vida.
Porque nadie ignora ya, no lo ignora el visitante, no lo ignora el que supo de él y de su grave enfermedad del pasado invierno; pero lo que él tiene ahora es voz y vida; fue una gran satisfacción verle así, agarrando la vida y la palabra, después de aquel silencio en el que lo fueron metiendo la enfermedad y el cansancio.
Retomó el ánimo, y por tanto retomó la novela, y retomó el aire de su pueblo. Lisboa le ha recibido con los brazos abiertos, ha empujado con la suavidad lusa la extraordinaria exposición organizada por la Fundación César Manrique (La consistencia de los sueños), una creación fuera de serie de Fernando Gómez Aguilera, que allí representaba a la fundación al lado del presidente Pepe Juan Ramírez...
Cuando vi (otra vez) la muestra que ya se había visto en Lanzarote, y vi por encima de las cabezas de las autoridades portuguesas, mientras el propio Saramago elogiaba la creatividad arrojada de Aguilera y su equipo, sentí la pizca de orgullo que siempre me lleva a César, a lo que creyó y a lo que edificó con su alma llena de entusiasmo verdadero por las islas felices, por las personas felices, que son, por otra parte, las personas nobles...
Así que Saramago estaba, está, celebrando la vida; es un hombre privilegiado, sin duda; tuvo aquel acontecer durísimo con la vida, y ha salido enhiesto; camina otra vez cimbreando ese cuerpo enjuto que tanto le acerca al joven que fue, larguirucho y serio, casi cósmico en su seriedad lusitana; disfruta otra vez de los largos desayunos de pan con aceite o con mantequilla, está de nuevo almorzando el buen bacalao que prepara Pilar, y sigue escuchando con la atención prístina lo que se le tiene que decir de la actualidad y de sus gentes...
Allí, en Lisboa, tienen una cocina igualmente pequeña, como casi todo en aquel pied a terre, pero en la dimensión suficiente del recinto los dos han creado la atmósfera que también se respira en Tías: íbamos a comer tres, pero Pilar había puesto, por si acaso, tropecientos platos; hija de una familia numerosa, ha hecho de la casa de Saramago, también, la posibilidad de una compañía numerosa.
Estar con ellos es como esperar el universo: y en eso también se parece la atmósfera que crean a la atmósfera en la que vivían los milagros de César, que multiplicaba los panes y los peces, y las risas y las esperanzas, hasta aquel día endiablado de septiembre de 1992... Pero, en fin, la vida...
La exposición, ya saben, es una maravilla; de diseño, de ejecución, de sentimiento. Las exposiciones no son sólo conjuntos temáticos, son mensajes, y esta es como una carta de amor a Saramago, y a su vida, que allí queda, incrustada ahora en Lisboa, como si fuera asimismo el avión de papel que hacen los niños para fijar un rumbo en el camino de los pájaros que nunca dejan de volar.
Y pensé: qué feliz hubiera estado aquí, almorzando este bacalao, César, el pájaro inacabable.

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