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El hambre ecológico

 

Álvaro Otero

Hace sólo unas semanas ocurrió un hecho en los mercados internacionales que, a pesar de su gravedad, pasó desapercibido para quienes vivimos en el lado suertudo del mundo: el precio del arroz, en medio de una crisis de desabastecimiento sin precedentes, se elevó un cuarenta por ciento. En España ni nos enteramos, y en Estados Unidos sus efectos se limitaron -se limitan todavía, de hecho- a que cadenas como Wal-Mart han establecido un número máximo de paquetes de arroz por cliente. Pero nada aconteció más allá de ese pequeño inconveniente, a pesar de que hablamos de una verdadera hecatombe, teniendo en cuenta que el arroz es la base alimenticia, cuando no el único alimento, de millones de personas en todo el planeta. Claro que, con el precio del arroz, ocurre como con la malaria, que mata sobre todo a pobres de solemnidad, por eso el mundo desarrollado duerme tranquilo. Ahora vivimos tan preocupados por las décimas del PIB que hacemos oídos sordos a todas las advertencias de los expertos sobre el advenimiento de un verdadero colapso alimentario en países subdesarrollados y emergentes. Y eso que el acechante monstruo comienza ya a dar sus primeros zarpazos. Lo que pasó con el arroz es un ejemplo; otro es lo ocurrido con la demanda mundial de cereales destinados a la producción de combustible ecológico, que está forzando al alza los precios de harinas básicas en la alimentación de cientos de millones de personas pertenecientes a estratos sociales desfavorecidos. México ha vivido por esta causa grandes protestas que, sin duda, se extenderán a otros países, pero los suertudos del mundo seguimos estableciendo nuestras prioridades sin pensar en sus consecuencias. Por si fuera poco, el crecimiento de países en América Latina y Asia está sacando de la pobreza a millones de personas que, felizmente convertidas en clase media -y como señalaba hace unos días el siempre brillante Moisés Naím-, quieren comer como nosotros, o sea no una, sino tres veces al día, con la presión añadida que eso supone sobre la demanda internacional de determinados productos. Organismos como la FAO ya han encendido todas las luces de alarma, pero aquí y en Estados Unidos, preocupados por el estancamiento económico, todavía no se ha hecho una reflexión profunda sobre cómo determinadas políticas energéticas y ecológicas, en apariencia tan convenientes, están haciendo más hambrientos a los hambrientos. Como la mariposa del caos, cuyo aleteo acaba provocando un huracán al otro lado del planeta, también hoy cada litro de nuestro gasoil ecológico, de nuestro bioetanol, acaba encareciendo las tortitas de una familia humilde de Michoacán, la harina de todos los desheredados de la tierra. Ante esta perspectiva, no es de extrañar que los estrategas más cínicos carezcan de interés alguno en solucionar pandemias africanas como el sida o la malaria. Sólo faltaba, verdad, un África saludable queriendo comer también tres veces al día.

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