El oficio más peligroso del mundo

22.04.2008 | 00:00

Anxel Vence

Antes que la de paracaidista, piloto de pruebas, bombero, policía o mujer en un régimen islámico, la profesión más arriesgada del mundo es la de marinero, según constatan imparcialmente la realidad y la Organización Internacional del Trabajo. Y últimamente, también, los piratas.
Ser gallego constituye en este caso una agravante. Sólo durante la última semana, el capítulo de desdichas de la marinería gallega incluyó el abandono de varios tripulantes por su armador en la isla africana de Santo Tomé, días antes de que un pesquero de Boiro naufragase -felizmente, sin víctimas- en el Golfo de Guinea y de que, por último, un pesquero de tripulación vasco-galaica y africana cayese en manos de la anacrónica orden de la piratería.
Habituados a la mortal rutina de los naufragios y al hostigamiento de las patrulleras con algún trozo de costa que pastorear, a los marineros de este país ya sólo les faltaba sufrir el abordaje de la hueste bucanera; y ni siquiera esa prueba se les ha ahorrado.
Esta vez ha sido una banda de piratas refugiados en un país con nombre de tebeo -Puntulandia- la que ha dado la última vuelta de tuerca al acoso que la marinería galaica viene sufriendo desde hace décadas en casi cualquier mar del mundo. Junto a sus compañeros de infortunio, los ocho tripulantes gallegos del "Playa de Bakio" sufren estos días la angustia de verse convertidos en rehenes de un grupo que impone con modernas armas la vieja ley de la piratería en las aguas de ese territorio somalí situado allá donde África se va al Cuerno.
Tamaña acumulación de desgracias pudiera sugerir que algún gafe persigue a los marineros gallegos; pero lo cierto es que no se trata tanto de una cuestión de fatalidad como de estadística. Pocos otros países -y ninguno de su pequeña dimensión- han aportado la copiosa y especializada marinería con la que Galicia puebla los siete mares del planeta: ya sea bajo pabellón propio o de fortuna. Parece lógico por tanto que casi siempre haya algún gallego en los lances y desventuras de la mar: incluyendo, claro está, episodios tan extravagantes como el de los piratas que, lejos de ser meros personajes de película, rebrotan a estas alturas del milenio en aguas somalíes.
Primero fueron los gobiernos y ahora los piratas. País volcado a los océanos por obvias razones geográficas, Galicia conoce mejor que ningún otro la dureza de las leyes del mar, en el más literal sentido jurídico de la expresión. Abordados por la Armada de Canadá durante la guerra del fletán, expulsados de Marruecos, perseguidos en Irlanda y malmirados por los ecologistas, los barcos gallegos se las han visto ya con las patrulleras de medio mundo.
A ese tenaz acoso gubernamental que ha llevado al desguace a buena parte de la otrora poderosa flota pesquera de este reino, hay que agregar ahora las indeseadas atenciones que empiezan a prodigarle los forajidos de la mar. Tanto da si los perseguidores son gentes uniformadas a sueldo de un gobierno o piratas llegados de otra época, la víctima es siempre la misma.
No se merece semejante marea de infortunio la brava marinería de este país que hace apenas seis años fue quien de ponerle proa al chapapote y salvar el tesoro de las rías cuando ya todo parecía perdido. Gente que, arrostrando todos los riesgos de la profesión más peligrosa del mundo, ha constituido un inmenso pueblo de la mar que dilata los confines de Galicia desde las Malvinas hasta el Índico y de Terranova a las azarosas aguas del Cuerno de África.
Algo harán en justa correspondencia los dioses de la mar, patria natural de tantos miles de gallegos, para sacar con bien del apuro a los veintiséis tripulantes del pesquero en el que ocho de nuestros paisanos viven ahora mismo horas de incertidumbre con su barco bajo mando pirata. Y aún habrá quien diga que el pescado es caro.
anxel@arrakis.es

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