Compostela a su pesar (II)

 

José Luis Alvite

Puede que tengan razón quienes dicen que lo más consistente de la realidad compostelana es la leyenda apostólica de la que arranca su identidad. No hay razones científicas de peso que avalen el supuesto de que corresponden al Apóstol Santiago los huesos que se custodian en la cripta de la catedral, pero el arraigo popular del mito apostólico y la dimensión del fenómeno jacobeo aconsejan no menear el asunto. Si fuese posible que el Apóstol Santiago estuviese vivo todavía, incluso parece probable que peregrinase personalmente a Compostela atraído por la envergadura de su propia leyenda. Tampoco cabe descartar que los compostelanos acogiesen en ese caso su visita con la indiferencia histórica que los caracteriza. Y conste que no me excluyo. Como santiagués de nacimiento reconozco haber prestado escaso interés a mi ciudad, a la que siempre le encuentro defectos que no observo en otras poblaciones objetivamente más defectuosas. Como la mayoría de los compostelanos, desconozco en general la historia de mi ciudad, ignoro casi por completo la lista de personajes ilustres que la visitaron a lo largo de la Historia y no dejo de quejarme de que el fenómeno turístico haya convertido las calles de Compostela en un incómodo hervidero humano que encarece los restaurantes y despersonaliza sus rincones. Muchos compostelanos conocen menos su ciudad por haberla pateado que por haberla visto en televisión. Entre los miembros casaderos de una cierta burguesía gallega está de moda dar el banquete de bodas en los salones del pazo de San Lourenzo de Trasoutos, entre cuyos encantos no podrían citar casi ninguno de los contrayentes la estancia allí del emperador Carlos V en la Semana Santa de 1520, ni siquiera la de la reina Fabiola de Bélgica, cuya hermana Maria Luz de Mora y Aragón, duquesa de Soma, es la discreta y elegante propietaria del soberbio edificio. Del antiguo monasterio franciscano muchos santiagueses sólo saben que se trata de un viejo caserón de granito musgoso, con finca amurallada, de cuyas misteriosas interioridades ni siquiera trasciende el ladrido de un perro. Acaso contagiada por ese sigilo tan compostelano, la duquesa de Soma pasa a menudo temporadas estivales en su residencia de San Lourenzo sin que trascienda el menor detalle de su presencia. No llama la atención. Carece de séquito y viste con una sutil discreción de clase media. En una ocasión me contó que algunas cálidas tardes de verano se entretenía saliendo al campo a coger moras en un sombrero de paja, se tomaba de regreso un respiro a la sombra de cualquier árbol y se recogía al atardecer en el pazo tan de incógnito como había salido después del almuerzo. Se hacía acompañar por dos o tres amigas tan silenciosas como ella. Se desenvolvía sin vanidad y sin protocolo, casi diría que con ciertas estrecheces que eran de su agrado, anónima pero accesible, de modo que si telefoneabas a su residencia en San Lourenzo, era casi seguro que la voz que saliese al teléfono fuese la de la duquesa de Soma. Al pazo acudía con frecuencia su hermana Fabiola y a veces, su esposo, el rey Balduino de Bélgica. Tampoco ellos daban en la vista. Llevaban una vida discreta, casi monacal, en la que la duquesa ponía su encanto campestre y Fabiola repartía su tiempo entre la real reflexión de su alcurnia y aquel cansancio heráldico que le daba una apariencia entre la falsa expectación y la tristeza, con los brazos abatidos en el regazo, yerma y afectuosa, acaso sabedora de que Compostela era la ciudad ideal para sobrellevar con religiosa indiferencia la certeza de ser una reina espermicida casada con un rey al que mismo parecía que incluso le sentaba mal la salud. Por lo que me dijo la duquesa, el pazo de San Lourenzo no reunía grandes comodidades e incluso en algunos aspectos podía resultar desabrido e incómodo, pero colmaba su pretensión de llevar una vida sencilla cerca del campo, atendida en lo más esencial por un servicio reducido al que ella trataba como si fuesen la mejor rama de su propia familia. Amaba Compostela. La consideraba una silenciosa ciudad a su gusto, rondada en mágica mezcolanza por reyes, obispos, artistas y aves de corral. No habrá muchos compostelanos que recuerden su imagen física, ni siquiera fotógrafos que le haya tomado instantáneas en su pazo sombreado por la densa robleda de San Lourenzo. Alguien que intimó con ella me dijo que en sus momentos de mayor apasionamiento durante la sobremesa en el pazo, la voz de la duquesa de Soma era más discreta que el sonido de las bisagras en los goznes del portalón. Si abría la ventana sobre el verdor, podía escuchar las campanas de la basílica dando con elegante desidia las horas, los cuartos y las medias en una ciudad en la que sus vecinos sabían menos de su catedral que el musgo, la niebla y las palomas.

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