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El mar que nos lleva

 

ÁLVARO OTERO

Por culpa del cambio climático, Galicia ha perdido músculo en su condición de tierra esponjosa. Ahora caen tres gotas y se monta -como decía un viejo amigo- el equinosio. Las tormentas ya no son como antes, pero causan el doble de daño. Será, pues, la falta de costumbre. En mi infancia, en el barrio de la Banda do Río de Bueu, la maruxía, lo más parecido a un tsunami que se puede encontrar en Galicia, pero un tsunami de varias horas, era esperada cada año como un rito de temporada, puntual como las vacalouras en primavera. Parecíamos Pompeya, pero bajo un Vesubio que en lugar de flujos piroclásticos vomitara agua salada. El mar se volvía loco, se agigantaba, las olas se hinchaban como montañas y batían contra las casas con la fuerza de un tren desbocado. La gente más previsora solía tener a mano portones de hierro para engastarlos en las fachadas, la única forma de protegerse de aquella mezcla atronadora de agua y arena. Había veces, sin embargo, en que el mar venía tan bravo que ni los parapetos servían, y lo mejor era dejarle paso y que hiciese lo que buenamente quisiera, a poder ser el menos daño posible. Ocurrió en la casa de mi amigo Tavito durante una maruxía de las que hicieron época. La parte de atrás daba a la playa y la otra a la calle, y como el mar rugía afuera con la violenta tozudez de quien se empeña en ser invitado, decidieron abrir las puertas de ambos lados y darle vía libre. Tengo la imagen de mi amigo y yo, subidos a una silla, contemplando alucinados el torrente de agua salada que corría bajo nuestros pies con un tintineo de espumas y cacerolas, boquiabiertos ante el rugido de aquel señor que se paseaba por la intimidad del hogar con la soberbia de quien se sabe poderoso. Los niños éramos felices con las maruxías. No podíamos ir a clase porque el barrio entero amanecía bajo toneladas de agua y arena, tanta arena que algunos balcones se podían tocar con la mano. La violencia del mar, del viento y la lluvia, más que, como ocurre ahora, una excepción, era una rutina que nos educaba en el respeto por ese ser magnífico que, a cambio de tanta riqueza, acababa cobrándose su tributo de vez en cuando. Así había sido desde la noche de los tiempos y así fue durante mi infancia, hasta que el progreso trajo el espigón, y las maruxías, tras algún esporádico estertor, desaparecieron para siempre. Ahora los temporales se quedan afuera, ya no entran en la bahía con la energía de antaño. El mar ya no llega a la Banda do Río como el único Dios verdadero que era. Quizá siente, nuestro otrora temido Poseidón, que los niños le han perdido el respeto. Por eso yo, que tanto lo venero, sigo recordando en su honor, en días como éste, aquella mañana en casa de Tavito, cuando rugía bajo nuestros pies como una fiera caprichosa y furibunda, enseñoreándose del pasillo y del pueblo, del mundo entero, con un tintineo de espumas y cacerolas.

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