La realidad

 

Javier Sánchez de Dios

Con las estadísticas como están, y los pronósticos advirtiendo de que dentro de un año serán peores, lo único seguro es que en los meses venideros se va a cumplir la antigua regla de que en tiempos de crisis siempre las sufren los mismos: aquellos que menos apoyos -económicos, sociales y jurídicos- tienen. Y en el panorama laboral de este país, es evidente que entre esos están los trabajadores autónomos, a los que se les ha prometido como a los zulúes en la Suráfrica de los Bóers, pero como con ellos se ha incumplido.
Es verdad que ese sector de la actividad, por sus diferentes características y situaciones, compone un mundo laboral difícil de atender, y también lo es que en el último año y medio el Gobierno del PSOE, junto con otras fuerzas, le dio un estatuto propio. La más importante de sus reivindicaciones históricas, que a partir de una definición profesional contempla el desarrollo de derechos y acerca ese mundo al de los que prestan servicios por cuenta ajena. O sea, un impulso que pareció decisivo pero que hoy por hoy dista de serlo.
No se trata de una concesión sino del cumplimiento de un derecho que, en los últimos años y por la extensión de esa actividad, era ya un auténtico clamor. El Gobierno de don José María Aznar López decidió dar un par de pasos importantes en la buena dirección, pero poco más. Ahora, y como el trabajo autónomo ha pasado a ser, además de un recurso útil para quienes se quedaban en paro en el otro, una forma eficaz de combatir el desempleo, su número aumentó hasta convertirse en una fuerza laboral significativa.
Laboral y electoral, conste; en la campaña pasada, la del 9-M, casi todos los que pedían el voto se fijaron especialmente en este colectivo: más de tres millones de personas en España, de ellas trescientas mil en Galicia, posibilitaban un botín sustancioso; y precisamente aquel Estatuto, el que habían aprobado entre todos, a todos les servía ahora de gancho, por no decir de cebo, a la hora de recabar apoyos en las urnas. A pesar de que la realidad era bien diferente de lo que se había prometido, pero, en campaña, ¿a quién le importa la realidad?
Porque lo es. Aprobado el Estatuto del Trabajo Autónomo, casi ninguna de sus previsiones ha sido desarrollada, pero -con alguna excepción rara- eso no le importa a nadie. A los partidos porque las elecciones ya pasaron y a los sindicatos porque el índice de afiliación en ese sector es muy bajo y no ejerce como masa efectiva de maniobra para sus estrategias. Por eso pasa lo que pasa: que la igualdad aún no existe -salvo, y es relativa, en el pago de la baja por enfermedad, y eso se debe al PP- ni en derechos sociales, ni en jubilación ni en normas mercantiles y de contratación.
La realidad es ésa, y se puede explicar de muchas formas, pero no hay ninguna para justificarla.
¿Eh...?

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