Vestidas para el té (III)

16.04.2008 | 00:00

José Luis Alvite

Para quienes vivimos aquella época fue una suerte que la ciencia no se hubiese entrometido en aquel ambiente cosmopolita, sofisticado y elegante en el que convivieron armoniosamente la realeza y el cine, las religiones y las razas, la Biblia y la ruleta. Al iluminar la realidad, la ciencia suele desvanecer la delicada penumbra de las leyendas, de modo que si la emperatriz Soraya se hubiese hecho entonces un análisis clínico, lo más probable es que descubriésemos con decepción que su tristeza no era el resultado del desamor institucional que extinguió su matrimonio con el Sha de Persia, sino la consecuencia lógica de una vulgar insuficiencia de litio. Al amparo de sus vagos recuerdos, puede uno imaginar a David Niven alentando en una cena con Grace Kelly sus expectativas de eternidad: "Cuando haya pasado mucho tiempo sobre lo que estamos viviendo esta noche, Grace, amiga mía, tendremos la suerte de que la mala memoria no podrá perjudicar nuestros mejores recuerdos... Cambiarán los reyes y los cancilleres, la fama sustituirá al prestigio y habrá banderas nuevas en los mástiles del Waldorf Astoria, pero nosotros seguiremos sentados en esta misma mesa, agradecidos y serenos, como si a nuestra bendita suerte sólo se le hubiesen resentido la expectación, el reloj y el croupier. En nuestra posición, Grace, querida, y gracias a que la memoria tiene más averías que los relojes que la vigilan, incluso tendremos la inmensa suerte de recordar cosas que jamás nos ocurrieron". Habría sido un vaticinio hermoso pero inútil. Grace Kelly murió en el 82 al salirse su coche en la rebuscada caligrafía de una de las curvas de aquella carretera como de astracán por la que se desenlazaba en el paisaje escalonado un delicioso garabato de lilas, buganvillas y whisterias. Auque se trató de una muerte inesperada, en el fondo fue mejor así. Grace había engordado y en su evolución hormonal se presentía que en aquel cuerpo de mujer estaba a punto de aflorar la corticoide corpulencia de un hombre castrado. Los mitos sobreviven al ostracismo de la vejez, pero soportan mal que se les acumule grasa en la cintura. La ex emperatriz Soraya sigue viva pero arrastra una prolongada muerte social que la mantiene como símbolo enigmático y latente de una época en la que todo era tan suave, amigo mío, que en los restaurantes de Via Veneto los anónimos maestros culinarios le preparaban la cena a Marcello Mastroianni con la calma estilográfica que les permitía la circunstancia de disponer de un exclusivo fuego templado que ellos avivaban con el delicado hisopo de unas discretas salpicaduras de nuez moscada. Cuando aquella mezcla de leyenda y glamour irrumpió en las páginas de "Life" y en "La Gaceta Ilustrada", Europa pudo olvidar por fin los estragos de la II Guerra Mundial, los días de sangre y miseria, gracias a que con la lluvia resucitaron las fresas en las huellas de los tanques de la Wehrmacht y las estrellas de Hollywood se vinieron a Europa a mezclarse con la aristocracia continental en aquellas fiestas de Montecarlo en las que los vicios parecían todos tan decentes, que a uno en su inocencia le resultaba creíble que incluso después de haber quebrado en el "black jack", los jugadores fracasados abandonasen el casino sin un solo gesto de contrariedad, con la misma entereza con la que habían entrado, con la serenidad moral y la certeza medicinal que producía saber que en aquel adorable limbo de modales y dinero, incluso las pistolas para los suicidios se vendían con receta en las farmacias... acaso conscientes de pertenecer a una clase social en la que a las mujeres tristes y patológicas como Soraya lo que se les notaba en la mirada no era la edad, ¡Oh, Dios!, sino la posología.

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