Vestidas para el té (II)

15.04.2008 | 00:00

José Luis Alvite

Cumplidos los 75 años, Gunther Sachs no tiene reparo alguno en reconocerse como "un mujeriego con clase". Heredero de una auténtica fortuna, el play boy alemán fue uno de los auténticos animadores de la jet set internacional y un esmerado co-leccionista de idilios con algunas de las mujeres más bellas e influyentes de lo años sesenta y setenta. No era lo que se dice un hombre guapo, pero las chicas que le rodeaban solían fijarse en sus manos, tan cuidadas y sobre todo, tan generosas. Gunther Sachs no necesitaba trabajar, como tampoco lo hacía el galán dominicano Porfirio Ruborosa, que no procedía de una familia acaudalada pero supo rodearse de mujeres que además de bellas, resultaba que eran inmensamente ricas. Tampoco puede decirse que Porfirio fuese un tipo físicamente agraciado, pero su boda con una hija del dictador Trujillo le permitió recorrer mundo en el desarrollo de una carrera diplomática que le sirvió para mejorar sus conocimientos lingüísticos hasta el punto de que podía coquetear con fluidez en cinco idiomas, lo que hacía que sus mentiras muchas mujeres las encontrasen exóticas y encantadoras. Entre conquista y conquista, Rubirosa practicó el boxeo, jugó al polo y fue piloto de Fórmula 1. Fue también profesional de la diplomacia gracias al nepotismo del dictador Trujillo, aunque su intensa vida sexual le retuvo en cama más que el sueño y desde luego, más que cualquier enfermedad. Las mujeres le tenían tan entretenido, que con razón declaró que sus múltiples ocupaciones no le dejaban tiempo para trabajar. Aunque no consta ningún estudio serio al respecto, se decía que el éxito de aquel tipo con las mujeres se debía a que su pene era más grande que los pies de Truman Capote. Más probable parece que las señoras encontrasen irresistible su conversación, su aire deportivo, la desenvoltura con la que afrontaba cualquier situación, y sobre todo, la facilidad con la que aplicaba en sus relaciones sentimentales los conocimientos que tenía de los coches de lujo, lo que, según quienes le conocieron, le daba cierta ventaja en sus galanteos con mujeres como Zsa Zsa Gabor, cuyo corazón no le resultó en absoluto más complicado que el motor de su "Ferrari". Porfirio Ruborosa murió a los 56 años de edad en un accidente de carretera. Nadie se sorprendió de que tuviese aquel final un hombre acostumbrado a tantos riesgos. Extrañó, sin embargo, que aquel tipo elegante, sofisticado y exquisito se hubiese estrellado con su coche de lujo contra un árbol corriente. A su muerte dejó un rastro biográfico de cuatro viudas, una interminable lista de amantes y el imborrable recuerdo propio de uno de aquellos tipos de la jet set acostumbrados a que en cualquier restaurante de Roma, de Saint Tropez o de Cortina D´Ampezzo, estuviese todo el rato a su nombre la mesa especialmente reservada a quienes, como él, podían cenar sin caer en la plebeya vulgaridad de tener hambre y daban las propinas con las dos manos a la vez. Con motivo de la mala noticia del accidente se desataron los rumores sobre si habría sido precedido de la inconsciencia causada en el conductor por la ingestión de algún somnífero. El automóvil sufrió pocos desperfectos. De haber sobrevivido, Porfirio Ruborosa podría haberlo recuperado pasándole la plancha de la ropa. Su cadáver aparentaba tanta serenidad, que fue como si se hubiese matado al volante de su cama durante la siesta. Dicen las malas lenguas que para que no se les notase demasiado donde más daño les hacía su pérdida, sus amantes se disputaron las sillas para llorar sentadas.

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