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Vestidas para el té (I)

14.04.2008 | 02:00

JOSÉ LUIS ALVITE

Aquellas mujeres del cine o de la alta sociedad no eran probablemente más bellas que sus colegas de ahora pero tenían a su favor que resultaban misteriosas e inalcanzables porque administraban con cuentagotas sus apariciones públicas, salían de compras por Roma con la cabeza cubierta con una pañoleta y veraneaban de incógnito en playas exclusivas a las que bajaban con la secretaría, el chofer y el biógrafo, o tomaban el sol en la cubierta del yate de aquel naviero griego que entendía de dinero pero también sabía de de pintura y acudía con frecuencia a la ópera. Había actrices famosas, aristócratas elegantes, playboys de chaqueta cruzada y pantalones blancos, y una emperatriz triste y destronada a la que su marido había repudiado en Persia porque su útero estaba ciego y pudría los fetos. No eran muchos y a veces bastaban cuatro o cinco mesas para sentarlos a cenar juntos en una de aquellas veladas de Montecarlo en las que incluso los camareros parecían marqueses. Aquella era realmente la "jet set", un club de difícil acceso en el que se daban a manos llenas la liquidez y el buen gusto, la ruleta y la alta costura. Desde luego nadie podría discutirle a Cary Grant su elegancia, ni su distinción a Grace Kelly, ni poner en duda los modales con los que David Niven afrontaba una mala racha en el bridge o aquel gesto suyo, tan característico, con el que parecía estar esnifando su lenta respiración británica. Resultaban tan elegantes y tan discretos, que costaba creer que aquellos caballeros y aquellas señoras tuviesen las mismas necesidades que los demás mortales, y parecía poco probable que enfermasen de cosas que no pudiesen remediarse con una conversación y un martini en la cola del piano de Henry Mancini, aquel tipo que puso en los labios de Audrey Hepburn el impagable regalo de las notas de "Moon river", una de las melodías mas hermosas jamás escritas para el cine. Como no teníamos televisor, podíamos imaginar el lejano y sofisticado sonido de aquellas veladas, el tintineo de las alhajas, el solfeo de los tacones de las mujeres punteando la cera del suelo, y aquel fino carraspeo de David Niven al que parecía inevitable llevarle la conversación con un carraspeo tan exquisito como el suyo, que era el delicado carraspeo que correspondía a la comedida esgrima de aquellos modales en los que fluían ese puntito de agradable abatimiento que hace tan distinguida la elegancia de los elegidos para que la sobremesa se parezca a la eternidad. María Callas era una señora bien vestida y afligida que arrastraba por las mesas de Montecarlo la maldición de su legendario desamor, como le ocurría a la ex emperatriz Soraya, aquella mujer triste y desencantada que de vez en cuando sonreía para procurarle a sus ojos ese rictus tan femenino que a las chicas bien educadas les al mismo tiempo sirve para fingir felicidad y contener el llanto. María Callas acababa de caerse de la agenda de Aristóteles Onassis, que tonteaba en serio con Jacqueline Kennedy, la hermosa viuda del presidente JFK, mujer atractiva y luctuosa que sabía combinar como pocas el abatimiento institucional y una codicia que su educación francesa le ayudaba a convertir en el interesante desvalimiento de una mujer madura cuya biografía no estaría, como las de las demás mortales, a expensas de las murmuraciones de las peluqueras o de los vaivenes del mercado, sino, lisa y llanamente, a merced de la Historia. Sus devotos éramos entonces legión. La habíamos amado mientras era primera dama en la Casa Blanca y nos conmovió vestida de luto en la Avenida Pennsylvania mientras los caballos arrastraban con un suave compás de jazz el cadáver del presidente echado en un féretro con bandera sobre un armón de artillería. Dejamos de amarla cuando se entregó en brazos de aquel naviero y se cambió el apellido. A Jackie le sobraba dinero y supusimos que habría cedido movida por un interés puramente social, vencida por el ansia de europeizar su destino uniéndolo al de aquellas otras mujeres de la "jet set" que en los días de entretiempo bajaban a las playas de la Riviera ateridas de heráldica frialdad y vestidas para el té.

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