Literatura con cigalas

08.04.2008 | 00:00

José Luis Alvite

En el oficio de escribir se considera un éxito que el lector capte con exactitud la idea que el autor pretendía transmitir. Resulta desalentador que una descripción dramática produzca risa o que un párrafo sentimental el lector lo encuentre cursi. En la conexión del escritor con sus lectores influye mucho una buena selección de los recursos literarios pero a menudo es también determinante la capacidad mental del receptor, su predisposición a redondear el contacto poniendo de su parte cierta permeabilidad frente al hecho literario, y a veces, incluso influye mucho su astigmatismo. Cuando el poeta vuelca en el ser amado su delicado repertorio de lirios y madreselvas, puede ocurrir que venza su resistencia emocional, pero si no acierta al elegir bien las palabras, lo más probable es que la chica le escuche con evidente abnegación y al final le confiese que habría preferido que le entregase sin más rodeos un ramo de flores auténticas. Eso, en el mejor de los casos. Algunas chicas lo que encuentran encantador de un hombre no es su vena poética, sino su amable ofrecimiento para arreglarle la cisterna del retrete. Mi experiencia literaria está plagada de errores de bulto y no me importa reconocer que en determinadas circunstancias la proverbial entereza femenina es menos vulnerable a la poesía que al marisco. Por eso la noche que invité a P. a cenar en un restaurante de la costa, hice los preparativos combinando mi vieja fe en la literatura y mi dichoso escepticismo, de modo que nada más sentarme a la mesa y estando ella ausente en el baño, le hice al camarero el planteamiento que me pareció adecuado al momento: "De fondo, cosas lentas de Sinatra. Y en previsión de que eso no sea suficiente para hacerla dudar, ¿qué tal están hoy las cigalas?". "Me queda medio kilo, pero no son de las buenas. Si va en serio con la chica y no es fea, no se las aconsejo. Si no le damos salida esta noche, al gato no le importará que lo despertemos"... Fue una velada por muchas razones decepcionante. Ni yo estuve convincente, ni el menú me sirvió de mucho. Su aparato digestivo reaccionó con la misma indiferencia que su aparato emocional. Llegado el momento del postre, ella se levantó de nuevo al baño y yo aproveché para escribirle deprisa una nota romántica y muy sentida que dejé sobre su plato. Se sentó, recogió el papel y le echó un vistazo. "¿Es para mí?", preguntó. ¿Para quién iba a ser, si no para ella?. Me dieron ganas de pedirle la devolución inmediata del maldito papel, cambiarme de mesa y cenar a sus espaldas. Habría sido el reconocimiento de un fracaso fulminante, pero al menos me ahorraría lo que vino luego. "Es que no entiendo bien la letra. ¿Dice algo interesante? No estará en francés.... Podrías leérmela tú...". Vino entonces el camarero con el postre. "Perdone -le dijo ella- ¿le importaría decirme que pone aquí?". El camarero le echó un vistazo al papel, frunció los ojos, tomó distancia alargando los brazos, como si quisiese enfocar, y resolvió como pudo: "No sé qué del campo,...la carne, la saliva... algo también de sabor a no sé qué... Yo creo que es una receta de cocina. Pero no me haga usted mucho caso. Si quiere que le diga la verdad, dejé de conducir porque los camiones sólo los veía cuando los tenía encima. Perdone que no pueda sacarla del apuro, pero es que parece escrita con tachaduras". Recuperé la nota antes de que ella le echase mano de nuevo, la hice pedazos y los quemé allí mismo sobre el cenicero. Por alguna extraña razón temí que fuese legible el humo y lo disipé soplando en él. Me rehice como pude y me disculpé: "Era una tontería cualquiera. Una especie de adivinanza. ¡Bobadas!. Tengo muy mala letra. ¿Sabes?, aprendí a escribir tachando cartones en el bingo. A veces ni yo mismo la entiendo. Una vez anoté en un papel una lista de libros, fui adrede con aquella nota a la farmacia y me dieron una caja de aspirinas y dos docenas de condones".
No volví a saber de aquella mujer. Desconozco qué habría ocurrido entre nosotros en el caso de que hubiese entendido la dichosa nota. Sólo sé que pagué la cena y regresamos a la ciudad. Ahora recuerdo aquello como una simple anécdota. Y si bien es cierto que aquella noche mi caligrafía no estuvo a la altura de las circunstancias, no lo es menos que la historia de aquel fracaso se me hizo más llevadera gracias a que ni ella ni las cigalas eran nada del otro mundo. No hará falta decir que ella no se tomó el menor interés en entender la factura. El episodio me sirvió para darme cuenta hasta qué punto sufren en vano los poetas. También descubrí entonces que el riesgo que se corre al escribir una nota romántica e ilegible como aquella es indudablemente menor si la chica viene cenada de casa...

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