La caravana de mujeres

06.04.2008 | 00:00

Álvaro Otero

La auto inmolación en el parlamento gallego esta misma semana del director de la Compañía de Radiotelevisión de Galicia, Benigno Sánchez, pidiendo perdón por la caravana de mujeres que el programa Acompáñenos quería organizar en Cervantes, ha acabado por poner el broche de oro a todo un episodio surrealista, sacado de madre, donde se ha demostrado una vez más hasta qué punto la supuesta defensa de los derechos de la mujer puede derivar en el absurdo más absoluto. Todo arrancó con la idea de Xosé Manuel Piñeiro, director del programa, de montar un parranda inocente en ese municipio lucense de los Ancares para celebrar el San Valentín, yéndose hasta allí con todo su equipo y un grupo de voluntarias a la búsqueda de pareja. Corrían semanas electorales entonces, y una candidata al BNG por la provincia afectada, Paz Abraira, montó en cólera argumentando que con esa iniciativa se trataba a las mujeres como ganado. Nadie salió a la palestra, que se recuerde, a preguntarle a la candidata si es que las mujeres iban a Cervantes obligadas, uncidas al yugo, vigiladas por un pastor -un pastor de ganado, se entiende- o si llevaban un veterinario de guardia en lugar de un médico. Si no era así, en nada se diferenciaba esa excursión de mujeres libres, mediática o no, de las concentraciones de moteros, de homosexuales, de heterosexuales, de cibernautas, nudistas, locos por Harry Potter o por el carneiro ó espeto o por el choco de Redondela, pero los responsables de la CRTVG tardaron un suspiro en entonar el arre demo y liquidar el fiestorro, obligando al propio Piñeiro a dar explicaciones públicas no sólo ante los frustrados solteros de Cervantes, sino ante los nuevos inquisidores. He leído en los periódicos y en Internet decenas de mensajes de mujeres que se han sentido indignadas justo por lo contrario que se sentía la diputada denunciante, esto es, porque alguien pueda considerar ganado a un grupo de solteras o casadas o separadas o arrejuntadas que van de excursión, de pic nic, de coña televisiva o de lo que les dé la santa gana a Cervantes o a donde se les antoje. Y es que la denuncia que provocó la polémica, tras su aparente progresismo, huele a rancio, a un proteccionismo intelectual que nadie reclama. Huele a que, si la caravana de mujeres hubiera sido a París, o a La Habana, nada habría ocurrido. Pero, aun así, no es tanto esa actitud la que preocupa como el silencio circundante, incapaz, en aras de la corrección política, de pararse un momento y decir: menuda chorrada. Los procesos inquisitoriales, incluso aquellos sin hogueras, siempre se fraguan así, al calor de las bocas calladas. Calladas, en este caso, por el miedo a que a uno le tilden de machista. Como si el machismo tuviese algo que ver con la caravana de mujeres libres de Piñeiro, de Cervantes, de donde sea. Con tantas mujeres muriendo cada día a manos de sus parejas, con tantas diferencias salariales y de trato laboral, con tantas lacras que combatir, algunos persisten en matar las moscas a cañonazos. Otra vez será, Piñeiro. Cuando el péndulo se sitúe en equilibrio.

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