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Agua que relincha (IV)

 

José Luis Alvite

Empezaron las portuguesas, siguieron las dominicanas, sus colegas brasileñas y las colombianas, y las cosas fueron bien en el arroyo hasta que aparecieron las primeras chicas venidas del Este nada más desplomarse el Muro de Berlín y empezar el desmembramiento de la Unión Soviética. La desgracia fue que las chicas no venían solas. Traían una inquietante cola de fulanos que empezaron siendo drásticos, se volvieron luego duros y no tardaron en convertirse en simples criminales. Rusas, polacas, albanesas, búlgaras... Las chicas de "Sheraton" hablaban un idioma en el que los clientes a duras penas entendían el champán, el chicle y el precio. Como no había de qué hablar, el ambiente en la barra americana se convirtió en un puro reparto aritmético en el que ellos pagaban, ellas cobraban y el jefe ajustaba sus cuentas con los matones que gobernaban desde la penumbra aquel ininteligible éxodo de carne. Hasta entonces era normal que a un hombre que pasase mucho tiempo en cualquiera de aquellos locales se le resintiese al bolsillo; a partir de entonces, fue inevitable que se le resintiese también el idioma, a veces, incluso los huesos. Para evitar que los clientes recelasen de los matones llegados del Este, algunos locales se nutrieron con inmigrantes africanas. Tampoco hablaban tu idioma, pero al menos quien se tomase una copa con ellas tenía la esperanza de que cualquier broma inocente no le costase un navajazo. El jefe de "Las 3 G" se mantuvo en sus trece y conservó un puñado de chicas dominicanas y colombianas. Su gesto le sirvió para asegurarse la visita de clientes a los que les gustase hablar con las chicas, pero no tardó en descubrir que el diccionario daba menos dinero que el bidé. Antes de tomar la decisión de echarle el cierre al club, mi viejo amigo Evencio García tomó a la desesperada una iniciativa que era novedad en el gremio: A las tres de la madrugada sorteaba entre los clientes los servicios de la chica que eligiese el afortunado. Los gastos de copas y sexo corrían a cargo de la casa. Fue un intento tan revolucionario como inútil. Las esperanzas del empresario no tardaron en verse decepcionadas. Una madrugada no le quedo más remedio que reconocer con amargura que su oferta era la peor en cincuenta quilómetros a la redonda y que en aquella tómbola no había un solo premio por el que valiese la pena jugar. Si el ambiente fuese verdaderamente selecto, que te tocase en el sorteo una chica como aquellas podrías considerarlo un severo castigo. El negocio iba mal y cada vez había menos mujeres alternando en la barra. Una noche le dije que como se habían puesto las cosas, él era la fulana más deseable del local. Un tipo que no se anduvo con tanto miramiento, le describió en muy pocas palabras la situación: "Si hubiese tirado por el retrete de casa el dinero que me gasto aquí, al menos me habría ahorrado la gasolina". Mi última copa en aquel club me la tomé en compañía de una señora que de no ser por su pasaporte colombiano, podría haber estado implicada en el asesinato de Abraham Lincoln. Después me quedé a solas con el jefe mientras arrastraba en la sumadora las escuálidas cuentas de la noche y me hizo un preciso retrato de cual era la situación en el sector: "El alterne se está llenando de fulanas que sólo hablan de dinero. Son simples tragaperras. ¿Y sabes que te digo, amigo?. Pues te digo que para acostarse con una de esas fulanas, además de ciego hace falta ser ludópata". Después se echó al bolsillo la recaudación. Poca cosa. Por lo grande que le vino su mano al dinero, me pareció que había recaudado lo justo para cubrir los gastos de electricidad de la caja registradora. Cerró su negocio al poco tiempo. Al jefe le perdí la pista, los clientes se buscaron la vida donde pudieron, y en cuanto a las chicas,... bueno, las chicas, como eran de la edad de sus madres, se acomodaron a la vida ordinaria arrimadas a un buen hombre, a un canalla o, simplemente, pusieron en las páginas de contactos del periódico un anuncio por palabras franqueado con la fotografía de otra mujer y un número de teléfono al que se pone de madrugada una señora con la voz de alguien recién levantado del sepulcro.

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