17 de febrero de 2017
17.02.2017

Ricardo Suárez: "Vi que los líderes de las FARC eran tan corruptos como los políticos de Bogotá"

"Mi jefe era 'El Paisa', el sicario de Pablo Escobar que ha negociado la paz en Cuba con el Gobierno"- "En la selva surgía el amor entre los guerrilleros pero sin ataduras ni planes de futuro"

17.02.2017 | 04:55
El exmiliciano de las FARC Ricardo Suárez. // Diego Bisquerra

Durante más de 50 años las balas volaban como los pájaros en la espesa selva tropical de Colombia, donde Ricardo Suárez (Bogotá, 1990) se curtió durante 26 larguísimos meses como miliciano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) de las que decepcionado acabó huyendo para iniciar una nueva vida en paz como estudiante de Magisterio sin renegar de la violencia de su reciente pasado insurgente.

Su vocación revolucionaria le condujo nada menos que a la banda de Hernán Darío Velásquez Saldarriaga, alias 'El Paisa', el sicario del narcoterrorista Pablo Escobar que dio el salto a la guerrilla para dirigir la unidad Teófilo Forero, un sanguinario grupo de élite que acabó entre otras muchas con las vidas de Liliana Gaviria, hermana del expresidente de Colombia César Gaviria, y con el gobernador de la provincia del Caquetá, Luis Francisco Cuéllar.

"Combatíamos a los militares del Ejército y a los paracos (paramilitares), los grupos armados ilegales de extrema derecha". Así comienza Suárez el relato del drama de su experiencia guerrillera para Epipress sin dar la menor muestra de arrepentimiento. Estamos cerca del Teatro Colón donde el pasado 24 de noviembre el presidente Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, alias 'Timochenko', sellaron la paz tras 52 años de conflicto que desbarataron la vida de más de ocho millones de colombianos. El miliciano Ricardo Suárez, que tras poco más de dos años en la jungla tuvo que escapar de las FARC, ha cambiado su fusil AK-47 por los libros. Ahora estudia magisterio en una universidad de la capital colombiana y trabaja en la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), organismo creado para ayudar a los guerrilleros y paramilitares a integrarse en una sociedad que ansía vivir tranquila, dejando atrás para siempre el miedo permanente a la explosión de una bomba o al secuestro de un familiar.

La historia de Suárez no es la de un guerrillero cualquiera. Las FARC se han nutrido a lo largo de su violenta historia de campesinos perdidos en las zonas más remotas de un país inmenso repleto de zonas impenetrables en la selva amazónica. Nacido en el pobre barrio de Las Cruces de Bogotá, comenzó a interesarse por la ideología del movimiento bolivariano de izquierdas cuando apenas había cumplido los 14 años. "Un profesor de Física del colegio me introdujo en este mundo", poco antes de convertirse en reclutador de estudiantes, tarea con la que siguió en la universidad adoctrinado por una mujer de Medellín que lo metió rápidamente en el aparato del Partido Comunista Colombiano Clandestino.

Ni sus padres ni su por entonces novia supieron nunca nada de las ilegales y peligrosas actividades de Suárez. Se hizo experto en explosivos y a los 21 años se echó al monte en la zona del Caquetá, en plena jungla del suroriente colombiano, a casi 600 kilómetros de la capital. A las órdenes de 'El Paisa' recorrió fusil en mano los departamentos del Caquetá y Huila, en la región andina, para acabar con las vidas de aquellos a quienes por indicios declaraba sus enemigos. "No sé si he matado a alguien porque es difícil saber en la selva si ha sido tu bala la que ha asesinado al hombre que ves muerto", matiza con frialdad y sin remordimientos.

En la selva elaboró cócteles molotov, cocinó, enseñó a leer y a escribir a otros milicianos, hizo guardias y hasta tuvo tiempo para enamorase de nuevo. "Era una campesina que estaba en mi unidad, una mujer con la que estuve unos meses y de la que no he vuelto a saber nada" porque en las FARC surgía el amor pero sin ningún tipo de atadura ni planes de futuro. "Uno no sabe cuándo te van a cambiar de comando", justifica el guerrillero reconvertido en profesor que se pasó dos años y dos meses fuera de Bogotá sin dar noticias de su paradero ni a su familia ni a sus amigos. "Pensaban que estaba alfabetizando a los campesinos de las partes más remotas del país". Y así fue como perdió a su primera novia, a la que aún ha vuelto a ver tras cuatro años de ausencia. "Sé cómo está y lo que hace pero no me atrevo a acercarme a ella", reconoce en el único momento de la entrevista en el que no pudo evitar un gesto de tristeza.

Ricardo Suárez tuvo que hacer delicados trabajos de inteligencia para 'El Paisa', un obseso de la clandestinidad que obligaba a su batallón a dormir cada día en un lugar distinto. "Caminábamos por la selva y construíamos una caleta para pasar la noche", revela. Las caletas eran simples estructuras levantadas con cuatro estacas en las que colocaban un mosquitero, un plástico en el suelo y una capa impermeable encima cuando se avecinaba lluvia. Para taparse contaban únicamente con una manta. El comando Teófilo Forero, compuesto de 24 chicos y chicas, comía tres veces al día, "mejor que en Bogotá". La dieta estaba compuesta de carne, caldos de patatas, verduras, arepas, chocolate, arroz, plátanos fritos, lentejas, frijoles, garbanzos y cancharinas. "Cuando estábamos cerca de una casa solíamos pedir a los campesinos gallinas u otros productos que siempre pagábamos de alguna forma", relata. Una vida "idílica" que se derrumbó en la mente de este joven cuando empezó a descubrir los vicios de sus mandos.

"De repente me di cuenta que la corrupción de los políticos de Bogotá se repetía entre los líderes de los comandos", censura. Tampoco veía con buenos ojos los negocios que hacían las FARC con la cocaína: "Cobrábamos un impuesto a los narcos", afirma. Suárez presenció también cómo el comando fusilaba a un compañero que había tratado de violar a una campesina. "Le hicieron un consejo de guerra y yo fui su defensor, pero las pruebas contra él eran más que contundentes y se le condenó a muerte", recuerda contrariado al tiempo que justifica de alguna manera la impulsiva acción del condenado porque "en la selva las mujeres van medio desnudas y el hombre apenas sabía lo que era tratar con una chica ". Los guerrilleros suelen mantener relaciones sexuales sin ningún tipo de sentimiento más allá del de satisfacer sus necesidades y son los propios líderes los que tienen que ocuparse en facilitarles preservativos. Todo se volvió aún más negro cuando enfermó durante varios meses y padeció cálculos en la vesícula. No aguantó más y decidió planificar una huida que pudo costarle la vida.

Las FARC cumplían 50 años y 'El Paisa' le encargó colocar carteles por las carreteras de Huila. "Iba con otro miliciano al que convencí para que me dejase ir a comer al pueblo de Algeciras", relata con satisfacción. Ricardo Suárez se quedó solo, vio pasar un autobús, se subió a él y tras 12 horas de trayecto se plantó en la casa de sus padres en Bogotá. "Mi madre encajó entonces todas las piezas del puzle", relata. "Este niño ha estado con la guerrilla", espetó la mujer mientras él, desconcertado, trataba de dar una oportunidad a su nueva vida en sociedad tras pasar 26 meses sin necesidad tan siquiera de preocuparse por disponer de un peso en el bolsillo.

La familia de Suárez no se podía imaginar que el joven había estado a las órdenes de un hombre tan cruel y peligroso que ha acabado participando en Cuba en las negociaciones de paz entre el Gobierno y la guerrilla a pesar de estar condenado por el atentado de febrero de 2003 en el Club El Nogal de Bogotá, en el que murieron 35 personas y 160 quedaron heridas, y por el asesinato del exgobernador Jaime Lozada Perdomo, en diciembre de 2005.

Hernán Darío Velásquez Saldarriaga es además el responsable de otras múltiples atrocidades como el asesinato del parlamentario Diego Turbay Cote y de su madre, Inés Cote, o del intento de dar muerte en numerosas ocasiones al expresidente colombiano Álvaro Uribe.

Decepcionado, delgadísimo por la enfermedad y atemorizado por las posibles represalias de las FARC que lo ven como un traidor, Suárez inició su ruta para la reinserción sin olvidar los ideales revolucionarios que aún defiende con vigor mientras trabaja codo con codo con exmiembros de los grupos paramilitares a los que hubiese asesinado sin pensarlo dos veces hace tan solo dos años. "Hay que combatir la pobreza, la desigualdad y procurar una equitativa distribución de la riqueza", defiende convencido este admirador del fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez y del anarquista español José Buenaventura Durruti que ha cambiado las armas por los libros para intentar hacer realidad el sueño de vivir en un mundo más justo.

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