La "misión imposible" del único agente comunista que se infiltró en la CIA

Karel Koecher no exonera a la KGB de sus crímenes pero cuestiona el funcionamiento de los servicios secretos

13.11.2015 | 19:08
Karel Koecher en 1978 // Karla Kochera

El checo Karel Koecher fue el único espía del bloque comunista que estuvo infiltrado -durante más de una década- en la estadounidense CIA y, cuando fue descubierto, logró la libertad con un intercambio de prisioneros que negociaron directamente los líderes de EE. UU. y la URSS.

El 11 de febrero de 1986 Koecher cruza el puente Glienicke de Berlín hacia el sector oriental a cambio del activista soviético de los derechos humanos Nathan Sharansky. Era el fin de una "misión imposible" que ningún agente del bloque comunista había logrado antes y en el que Koecher había invertido veinte años de su vida y que ha inspirado algunas películas. Koecher explica en su casa que entró en el espionaje checoslovaco para "redimirse" después de haber sido acusado de injurias al régimen comunista y desobediencia pública.

Ese historial de acusaciones contra las autoridades comunistas le ayudó para mostrarse como un disidente y facilitarle el asilo político cuando emigró a EE. UU. en 1965 para hacer su doctorado.

Tiene entonces treinta años y, no exento de cierto humor negro, dice que su vida se convierte en una "misión imposible", en ver si consigue superar "semejante locura". Recuerda que, para su sorpresa, en el servicio secreto checoslovaco también había una voluntad reformista, de abandonar los aspectos más duros de la dictadura comunista.

"Para mi gran sorpresa, los que me trataron en el servicio de espionaje tenían la misma orientación reformista y opositora que yo. Era una nueva generación con estudios universitarios, que veían que la dictadura estalinista llegaba a su fin", evoca Koecher. "De pronto me di cuenta que era apreciado, y que tenía cierta influencia sobre ellos", continúa su relato.

Llega a EE. UU. junto a su mujer, Hana, con quién vive todavía en Praga, y con el objetivo de infiltrarse en el espionaje de la CIA, aliados de lo que consideraba la "Alemania nazificada", aquella que no entrega a sus criminales de guerra y a la que, como tantos checoslovacos entonces, ve como una amenaza. Obtiene el doctorado en la Universidad de Columbia y colabora incluso en el estudio del comunismo con Zbigniew Brzezinski, asesor del presidente estadounidense Jimmy Carter.

Ya con ciudadanía norteamericana y tras resonar su nombre en los círculos académicos neoyorquinos, en 1973 es contratado por la CIA como traductor y analista. La "misión imposible" se hace realidad, aunque este hombre intrépido reconoce que estuvo "al límite" y, en ocasiones, fue "demasiado lejos", aunque siempre contó con el apoyo de Hana, su esposa desde hace 50 años.

Durante una década Koecher saboteó más de 12 operaciones de reclutamiento de espías rusos por la CIA, casi siempre personal de embajadas soviéticas en África, episodios sobre los que no quiere profundizar. Y fue un hombre de confianza del jefe de la KGB, Yuri Andropov, para quien redactó una crítica de la metodología del espionaje soviético, por lo que recibió una suma de 40.000 dólares.

Aún no está claro quién fue el que le delató, si alguna fuente soviética o sus compañeros del servicio secreto en Praga. Esa traición llevó a su captura en 1984 y encarcelamiento con cargos de espionaje que, según él, no pudieron ser probados.

Tras sufrir un intento de asesinato en la cárcel, pidió ayuda al KGB para formar parte de un intercambio de prisioneros. Al final se declaró culpable, lo que le supuso una condena de cadena perpetua en EE. UU., pero había pactado de antemano que esa inculpación sería la llave para su puesta en libertad. Y es en ese momento cuando tiene lugar el intercambio por Sharansky en el puente que une Berlín y Potsdam. Tras el canje debe volver a Praga, algo que no quería, porque su negativa a infiltrarse en la disidencia que acabaría derribando al régimen comunista le creó muchos enemigos en el espionaje checo.

En el intercambio del 11 de febrero de 1986 se repitió lo sucedido en el mismo puente en 1962, cuando la URSS liberó al piloto estadounidense Francis Gary Powers a cambio del espía soviético Rudolf Abel, algo que Steven Spielberg ha recreado en su nueva película "Puente de espías". Koecher no ha tenido nada que ver con la nueva producción de Hollywood, con Tom Hanks en el reparto, ni tiene previsto verla. "No me interesa para nada esa historia en blanco y negro", un asunto del pasado al que no quiere volver, declara en la entrevista que concedió en su chalet de las afueras de Praga.

Koecher no exonera a la KGB de sus crímenes pero cuestiona el funcionamiento de los servicios secretos en un país democrático.
"Los servicios de información no funcionan por el conflicto de intereses", ya que "en un estado democrático tienen continuamente que justificar la recepción de fondos y gustar a los políticos", sostiene.

Y pone como ejemplo los informes sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak que legitimaron la invasión y el derrocamiento de Sadam Husein.

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