Inmersión de rescate al filo de la vida

La Guardia Civil realizó un buceo extremo para recuperar el único cadáver del barco hundido en Cíes

20.04.2014 | 19:26
Inmersión de rescate al filo de la vida

Rescataron el único cadáver que permanecía en el interior del Mar de Marín desde su hundimiento el 1 de abril en la bocana sur de la Ría de Vigo. Lo lograron más de una semana después, al mejorar las condiciones oceanográficas que hasta ese momento, con olas de casi tres metros, fuertes corrientes y nula visibilidad, convertían la inmersión a 57 metros en un suicidio. En ese descenso a la zona cero de la tragedia, el Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) de la Guardia Civil desarrolló un buceo extremo, al límite de la vida, del que regresaron cumpliendo su principal cometido: recuperar del puente el cuerpo del marinero ghanés Alexander Nkeitah y descartar la presencia en el interior del arrastrero del otro tripulante que aún hoy sigue desaparecido (el marinense Manuel Domínguez Mallo). Todo transcurrió en apenas quince tensos minutos.

El miércoles día 9 participaron en la crucial inmersión ocho Geas. "Desde que te metes en el agua hasta que llegas al fondo pasan de 2 a 3 minutos; a partir de ahí sólo puedes estar abajo máximo 7", incide el jefe del grupo, el brigada José Ferro. Así que pasen esos 10 minutos deben subir lentamente. De hacerlo demasiado rápido, más que sus propias burbujas, sufrirían secuelas fatales, incluso podrían fallecer. Además, antes de regresar a la zódiac, establecen dos paradas obligatorias de descomprensión: de 1 y 4 minutos, a 6 y 3 metros de la superficie, respectivamente.

El pecio se halla escorado 25º a estribor/derecha por la propia inclinación del lecho marino. Yace envuelto por un enjambre de redes, con su cubierta exterior destartalada y atravesada por tubos coronados por esquirlas de acero que perforarían al más grueso de los neoprenos. Primero bajaron dos buzos. Objetivo: acercar al puente el cable-guía del balizamiento que el día anterior había quedado enganchado a la amura de proa de babor/izquierda. "Dejaron arrimado el cabo a la barandilla del puente para que la siguiente pareja bajara directa a ese punto; sin perder más tiempo", detalla el brigada. Aquí surge la primera complicación.

Cuando la segunda pareja llega al puente no puede acceder por la puerta de babor. Sillas, aparatos electrónicos y otros enseres la bloquean por dentro. El tiempo corre en contra de los buzos. Casi con el justo para abordar el ascenso, deciden probar por la de estribor/derecha. Tan pronto entran por este portón encuentran al ghanés. Lleva puesto el pijama, triste prueba de que la tragedia le sobrevino cuando dormía. Con los siete minutos a punto de agotarse, los Geas comprueban que no hay nadie más en el interior, aunque estiman que izar ese único cadáver será complicado por su envergadura (Alexander, de 56 años, pesaba unos 90 kilos y medía como 1,90 metros). Y ya es demasiado tarde. Emergen solos.

A bordo de la patrullera Corvo Mariño de la Guardia Civil del Mar, el grupo planifica la manera más eficaz y más segura de sacar el cuerpo del barco y subirlo. Arranca la tercera inmersión. Como en las anteriores, una pareja queda parada a media profundidad, por seguridad, mientras la otra desciende hacia al pecio. Ésta alcanza el puente: un buzo entra, el otro aguarda en la puerta. Los 7 minutos transcurren ultra rápido. El cadáver ya está fuera. Pesa mucho, y el esfuerzo a esa cota de fondo -47 metros- dispara el consumo de aire. Poco a poco, los dos Geas, agarrando al ghanés, suben hasta los 20 metros, donde entregan el cuerpo a la pareja que los esperan. Ésta se lo lleva a superficie mientras la otra realiza la descompresión. Misión cumplida.

Pero no bastaba que las declaraciones de los supervivientes asegurasen que solo había un hombre en el barco, Alexander, antes de irse a pique. Así que los dos días siguientes, junto a hombres rana de Salvamento Marítimo apoyados con la Campana Húmeda, el operativo subacuático se centró, principalmente, en revisar el exterior del pecio. No hallaron ni rastro de Manuel Domínguez. Así que a los buzos solo les quedaba por rematar una faena, menos traumática, aunque igual de relevante: la limpieza del casco, rodeado de aparejos flotando por trenes de boyas. Dejarlos allí suponía un riesgo potencial para la navegación. Si se desprenden con el paso del tiempo, y se cruzan en la travesía de otro barco, los gallegos podrían despertar sacudidos por otra tragedia marítima, hasta tal vez mayor que la del Mar de Marín. En este caso, el arrastrero sumergido, "quedó limpio", zanja Ferro.

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