SALVADOR FRAGA*
Las últimas sentencias judiciales, llamando al orden, marcarán ineludiblemente el tramo final del proceso del nuevo Plan General de Vigo inmerso, a su vez, en la horrible pelea de los últimos cuatro años. Mientras el incontenible tic-tac de la vida urbana hace que el mundo gire tomándose las cosas de la ciudad con cierta ironía, y a la espera de atisbar mejores tiempos que permitan acabar con este estar a la greña, las recientes sentencias traen a primer plano un interesante dilema de planeamiento. ¿Debe el Plan General Municipal en tramitación dejar fuera de ordenación, o bien integrar en sus determinaciones, los edificios afectados que contaban con licencia municipal?
La aproximación a una respuesta aconseja aplicar la mirada desde diferentes puntos de vista: a) la cuestión meramente urbanística, b) la cuestión de la culpa y, por último, c) dirigir la vista hacia el exigente horizonte del nunca mais. La primera no parece de extraordinaria complejidad, la segunda tiene ámbitos muy específicos donde dilucidarse y la tercera (con seguridad la que más importa) es además un objetivo esencial al planeamiento. Trataremos aquí de las dos indicaciones que más directamente conciernen a los aspectos técnicos y de estrategia urbana.
En lo que atañe a la cuestión urbanística, el diagnóstico del planificador no puede ignorar que los edificios cuentan con licencia municipal con independencia, como es el caso, de lo que finalmente resulte de los posibles recursos. Si los edificios no plantean problemas críticos a la estructura urbana del nuevo Plan, ni obstáculos funcionales a los sistemas de accesibilidad, espacios públicos o al desarrollo de las redes de servicios, ni tampoco afectan a las líneas maestras de estrategia y objetivos, es razonable que se ponderen estas circunstancias junto con la siempre obligada evaluación de las implicaciones económicas inherentes a cada opción de ordenación. Ante este carácter dual de la decisión no parece, dados los contenidos de este caso, justificable un lacónico fuera de ordenación.
El horizonte del nunca mais, a este urbanismo atravesado que sufrimos, pasa por asentar una nueva forma de pensar y trabajar sobre el mundo urbano actual. Un hábitat cada vez más lleno de complejidad y más vacío de certezas, más necesitado de procesos que de normas, de objetivos que de herramientas, de reflexión que de principios. Unas ciudades y territorio de Galicia para abordar desde otro sistema de valores y de prácticas. Valores cargados de criterios, de claridad en el saber a donde queremos llegar y de ideas concertadas entre muchas cabezas. Y sobre todo más trabajo y más profesionales volcados sobre la gestión del territorio para así abrir nuevas prácticas y nuevos hábitos (las buenas prácticas surgen de los buenos grupos de trabajo).
El horizonte del nunca mais emplaza a las grandes ciudades a encarar la experimentación. Las democracias avanzadas al extremar la concurrencia sobre los usos del territorio y exacerbar la intersubjetividad y congestión, retan directamente a la investigación. A investigar en creatividad urbana aplicando las nuevas tecnologías desde equipos multidisciplinares y amplificando lo hoy todavía embrionario. Sumergir el urbanismo en el I+D+i no sólo contribuiría a encontrar nuevas armonías arquitectónicas, cohesión, y fórmulas contra la desigualdad urbana sino que, de paso, ayudaría a combatir despropósitos. Hay que abrir camino mientras las grandes ciudades gallegas deben tomar clara conciencia de que la sostenibilidad global es una partida que se juega en casa y no en campo ajeno.
Emilio Lledó recuerda el dicho de Anaxágoras, "el hombre piensa porque tiene manos". La ciudad es pensamiento que se hace, saber junto a acción y por tanto, también, prueba y error. La tesis de Calvino, según la cual solo del constante castigo puede nacer una humanidad moral, parece poco amistosa con un verosímil horizonte del nunca mais este urbanismo.
*Arquitecto