La ciudad se vuelca en su Reconquista frente al invasor francés

Decenas de miles de personas abarrotaron el Casco Vello para seguir la representación de la gesta

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El capitán Chalot ondea la bandera de la paz antes de embarcarse rumbo a Francia. //  R.Grobas
El capitán Chalot ondea la bandera de la paz antes de embarcarse rumbo a Francia. // R.Grobas 

CARLOS PREGO Junto a los tradicionales mosquetones y horcas, el pueblo de Vigo expulsó ayer a los franceses con el paraguas en mano. Las decenas de miles de personas que abarrotaron por la tarde la Porta do Sol para rememorar la mayor gesta de la ciudad lo hicieron tan pendientes de las tropas napoleónicas como de un cielo que amenazó con lluvia hasta media hora antes de empezar la representación. Finalmente hubo tregua y se obró el milagro: el Casco Vello se convirtió en escenario de la victoriosa expulsión de la soldadesca gala a manos del pueblo de Vigo en 1809.
La hazaña empezó con el cantar del "ciego" Tino Baz, quien armado de su zanfoña y su joven lazarillo fue marcando los episodios de la batalla. Poco después de que su voz dejase de retumbar en Porta do Sol irrumpieron las tropas napoleónicas encabezadas por el capitán Chalot. Con los sables desenvainados y a lomos de corceles que cabeceaban encabritados, una docena de gabachos se abrieron paso entre los vigueses que atestaban Praza da Princesa. "¡Tranquilos! Son sólo cuatro franceses de nada", conminaba el alcalde Vázquez Varela desde el balcón que presidía en la vía.
Pero en la plaza los ánimos ya estaban caldeados. Cachamuíña arengaba a las masas para que tomasen las armas y la brava Aurora elevaba el corazón de las mujeres para que se lanzasen con horcas y hoces a la expulsión de los ocupantes franceses. Su energía y la vivacidad con que encendía al pueblo le valió ayer el enfado de los gabachos, que la apresaron en público para curarse así de posibles alzamientos. Medicina fallida que les valdría la derrota a manos de las Milicias Honradas.
Mientras los militares de Bonaparte se repartían por Praza da Princesa entre los insultos de la gente, Vázquez Varela intentaba negociar con Chalot la rendición de la villa. El temor a que se pudieran producir bajas civiles en la plaza ablandó la postura del regidor vigués y encendió por igual el ánimo de los ciudadanos, que gritaron ayer como lo hicieron sus antepasados del XIX: "¡fuera los franceses, fuera!" El desenlace del capítulo –avanzado de nuevo por el tono grave de Tino Vaz– se precipitó con la entrada de las Milicias Honradas en la plaza pública.
Pero la revolución –Reconquista, en este caso– no se desató bajo la balconada de Vázquez Varela o a los pies de un Chalot rebosante de orgullo, sino en la pequeña Taberna de Josefa de Rial que ayer se representaba sobre el escenario de Praza da Princesa. La arrogancia de la soldadesca francesa se saldó con una violenta disputa y el asesinato de tres miembros de la milicia viguesa. Los disparos de la refriega retumbaron como truenos en las fachadas del Casco Vello y atemorizaron a los vigueses de hoy como lo debieron de hacer hace doscientos años con sus antepasados.
Fue ese miedo o tal vez la rabia de ver cómo caían tres compatriotas a manos de soldados napoleónicos lo que encendió al público. Los gritos de "¡fuera, fuera!" volvieron a tomar la plaza y atrajeron a la Milicia Honrada, que irrumpió en la taberna y apresó a los soldados rebeldes. A raíz de lo sucedido la sedición empezó a volverse una presencia casi física en la plaza que se agravó cuando el teniente portugués Almeida ofreció su apoyo a los vigueses. Fiel a su posición diplomática, Vázquez Varela intentó negociar con Chalot la entrega de los soldados franceses apresados a cambio de una indemnización para las familias de los milicianos y la liberación de Aurora. Hubo acuerdo: los asesinos son sometidos a un consejo de guerra y la villa de Vigo alcanza su primera victoria.
Abatidos tal vez por su derrota, las tropas francesas abandonaron Praza da Princesa entre los insultos y burlas de la gente. En algo menos de media hora sus caballos engalanados habían pasado de entrar triunfales en la plaza a abandonarla entre una lluvia de grelos al grito de "¡fuera, fuera gabachos!" Con sus galones un poco menos brillantes, la docena de soldados franceses se dirigieron hacia Praza da Constitución rumiando cómo vengarse de los milicianos.
Poco tiempo tendrían para urdir venganzas. Al cabo de unos minutos la milicia Alarma de Mos se afanó en escalar los muros de la ciudad para liberarla de la ocupación. Su intento se quedó en eso, una escaramuza con varios milicianos asesinados, pero animó al bravo marinero Carolo a lanzarse sobre Porta Gamboa con un hacha para permitir la entrada de las Milicias Nobles apostadas fuera. Quizás atemorizados por su coraje los franceses lo abatieron a tiros, dando al traste con el segundo intento por burlar los muros de la villa. Al empeño de Carolo le siguió el de Cachamuiña, que fue herido antes de que las mujeres se lanzasen sobre la puerta con un ariete y consiguiesen al fin cederla. Caída Porta Gamboa empezó una batalla sangrienta en la que unos pocos franceses se defendieron con estoques y trabucos de una turba de milicianos provistos de horcas, palos y un amor inaudito por su independencia.
Derrotada, la turba arrastró a los soldados franceses hacia A Laxe entre gritos de "¡fuera!" y "¡liberación!" Allí los recibió el pueblo al completo, liderado por el alcalde Vázquez Varela y el teniente luso Almeida. El sonido de los tambores y las cornetas antecedió la expulsión definitiva de los soldados franceses, que fueron enviados de vuelta a tierras galas a bordo de dos veleros ingleses. La ciudad los despidió ayer, 202 años después.

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