S.P.
No hace mucho que los campeonatos aéreos eran algo desconocido para la mayoría de los vigueses, pero el festival, que suma su octava edición, ha forjado aficionados incondicionales en la ciudad y en otras localidades de Galicia y la vecina Portugal. Sandra y Eduardo, que esperan un hijo, son dos de estos entusiastas confesos. "He venido embarazada y en moto, no nos lo perdemos", comentaba ella.
Los coruñeses Ana y Zalo veranean en las Rías Baixas y no quisieron perderse las piruetas: "Ya estuvimos el año pasado y queríamos repetir". Con ellos estaba su hijo Guille, de tres años, que lucía el pin obsequiado por un piloto. "Vivimos al lado del aeropuerto y ya se conoce los aviones. Fue el primer sonido que oyó", bromeaba la madre.
Los familiares de los pilotos comentaban las maniobras en la zona VIP, aunque los más pequeños alternaban la exhibición con los juegos en la playa. El hijo de un miembro de la Patrulla Águila presumía de que su padre estaba dirigiendo uno de los aviones que surcaba el cielo en ese momento, pero también aclaraba su vocación: "Yo quiero ser cocinero".
Los espectadores que sí querían emular a los arriesgados pilotos esperaban en largas colas para acceder al simulador de vuelo de la Patrulla Águila. Incluso un grupo de integrantes del Ejército español, con algún mando incluido, se pasó por la atracción.
A su lado, los militares de la Brilat subían a sus vehículos a niños y a otros espectadores no tan críos para que ser fotografiados y varias tiendas vendían ropa y diferentes recuerdos de las patrullas que participaron en el festival. Más de uno parecía querer confundirse entre ellas.
A primera hora de la mañana ya no había sitio en el arenal ni en las áreas verdes de Samil. Cámara de fotos, nevera y sombrilla se convirtieron en utensilios imprescindibles para disfrutar de las seis horas que duró la exhibición bajo un sol impenitente que se sobrellevó con refrescantes baños en el mar y a la sombra.