MARÍA LÓPEZ
A André no le gustan las fotos. Está cansado de “imposiciones y prohibiciones”. Hasta los 14 años su vida fue un “no” constante a todo. No podía comer ni jugar como los demás niños; ni ir de excursión con sus compañeros de colegio ni acudir a las fiestas de cumpleaños de sus amigos. Cuando tenía dos años ingresó en el hospital con una diagnosticada gastritis que finalmente se convirtió en una peritonitis y en un mal funcionamiento de sus riñones.
Después de haber estado hospitalizado en incontables ocasiones, haber pasado horas y horas enchufado a una máquina para someterse a hemodiálisis y entrar en quirófano infinidad de veces, André ha podido pasar página y dejó de ser lo que su madre llama “un niño de hospital”. Julia Quintas es la segunda viguesa que ha donado en vida uno de sus riñones. Y se lo dio a uno de sus dos hijos, André Méndez, que ahora tiene 17 años. “Fíjate si ahora tiene calidad de vida que está en Madrid en una excursión con el instituto”, dice su madre con una gran sonrisa.
Pese a las dificultades que atravesó André durante su infancia –”una infancia que nunca tuvo”–, Julia se considera afortunada. “Tanto mi hijo como yo llevamos una vida totalmente normal que antes no teníamos. Ahora puedo decir que tenemos calidad de vida. Aunque André sufrió un deterioro importante tanto a nivel físico como psicológico durante sus hospitalizaciones”, razona esta analista de sistemas.
Los médicos advirtieron de que la enfermedad del pequeño era grave y podría tratarse de un posible hemolítico urémico (causa más frecuente de insuficiencia renal). Los riñones de André habían dejado de funcionar. Afortunadamente, más tarde recuperó un 30 por ciento de su función renal y pudo sobrevivir.
Y con restricciones, prohibiciones y una calidad de vida “absolutamente mermada” vivió durante más de una década. Con catorce años volvió a perder la escasa función renal que tenía y tuvo que ser ingresado de urgencia. “No creo que las casualidades existan. Ese día era el 12 de enero de 2006, el día de mi cumpleaños, y el regalo más grande que pude tener fue poder donar mi riñón derecho a mi hijo”, expresa Julia, emocionada. Ese día ambos ingresaron en el Complejo Hospitalario de A Coruña (antiguo Juan Canalejo), uno de los dos únicos centros gallegos, junto al Clínico de Santiago, donde se realizan trasplantes en vida.
Aterrorizada
Tres meses antes de la operación –realizada el 18 de enero–, Julia se reunió con numerosos especialistas que le lanzaron una batería de preguntas para comprobar el grado de compatibilidad y la fortaleza de la donante. “Estuve ante un comité de ética formado por psiquiatras que me evaluaron. Me preguntaron si había pensado qué pasaría si me extraían mi órgano, se lo ponían a André y luego lo había que tirar a la basura. Contesté que tendría una llorera de 15 días, pero luego volvería a luchar por la vida de mi hijo”, relata esta viguesa.
Ella considera que no ha ganado una batalla, “sino una guerra”, y por ello anima a todos aquellos que puedan donar uno de sus riñones a hacerlo. “Yo vivo perfectamente con uno y cuando voy a la playa no me escondo la enorme cicatriz de la operación, porque estoy orgullosa”, confiesa.
“¿Miedo? Cuando me lo preguntaron en aquel comité dije que estaba aterrorizada porque había pasado muchos años asomada al precipicio. Pero cuando iba de camino al quirófano nunca pasé miedo, sólo lo tuve por si André rechazaba el riñón”, señala Julia, quien cree que “no hay mayor grado de altruismo que donar un órgano y darle la vida a alguien”. Esta mujer ya se la ha dado dos veces a André, que hace sólo tres años volvió a nacer.