SANDRA PENELAS
El rumor de las olas alcanzó el campus y envolvió como nunca la celebración de Santo Tomás en un año en el que la Universidad de Vigo aspira a alcanzar la condición de excelencia investigadora y docente en el ámbito marino. El "amor" por el océano y su sensibilidad a las preocupaciones de los pescadores japoneses acabaron por convertir a Takeshi Yasumoto en una de las referencias mundiales en toxinas marinas y, desde ayer, en el vigésimo doctor honoris causa de la institución.
El científico nipón compartió honores con los sesenta y cinco alumnos que ayer recibieron el premio extraordinario fin de carrera y de doctoramiento, algunos de ellos gracias a investigaciones relacionadas con las ciencias marinas. Para el rector Alberto Gago, su incorporación al claustro de doctores, después de más de un cuarto de siglo de colaboración con Vigo, supone un "símbolo" ahora que la institución está "entregada" a la consecución del Campus del Mar de Excelencia Internacional.
El propio Yasumoto destacaba un día antes de la ceremonia en una entrevista para FARO el reto que supone este proyecto y animaba a Vigo a estrechar su convenio de colaboración con la Universidad de Tohoku, puntera en este ámbito y de la que es profesor emérito.
El galardonado, que dijo sentirse en la ciudad como en un "segundo hogar", se remontó a su etapa de estudiante de bachillerato y a las vacaciones que pasaba en la isla de Okinawa para relatar cómo nació su vocación por las ciencias marinas.
La historia sobre un pez que causa miles de envenenamientos al año y que escuchó a uno de los pescadores que frecuentaba le persiguió hasta la Universidad de Tokio. Y fruto de esta obsesión descubrió la toxina causante de la enfermedad. No fue la única, con los años le seguirían varios hallazgos que asombraron a la comunidad científica.
Con un discurso reposado y actitud siempre sonriente, Yasumoto refirió al público una trayectoria marcada por la curiosidad, que sigue manteniendo a sus 73 años, y que en alguna ocasión pesó más que su propia salud. La anécdota ocurrió durante unas vacaciones en un pueblo pesquero, en 1976, cuando probó por segunda vez un plato de mejillones después de sufrir una indigestión el día anterior. No hubo una tercera, compró 300 kilos del molusco y analizó las muestras hasta dar con la toxina que él mismo había padecido.
De la relación con su padrino, el ex rector José Antonio Rodríguez Vázquez, dijo considerarla "la más fructífera y agradable" de las mantenidas con científicos de todo el mundo. Yasumoto terminó su intervención con un guiño a su esposa Tomiko y una despedida a modo de proverbio deseando a los presentes que sus problemas de hoy sean "la felicidad del mañana".