A. DE LARRIVA
La temperatura ambiente podría ser inferior a cinco grados y el aire salado cortaba la respiración. Sin embargo, el buen tiempo que acompañó a la jornada de ayer llevó a algunos vigueses a gozar de los encantos gélidos de las playas, llegando incluso algunos intrépidos a meterse en el agua. Y, para algunos, la playa en invierno es ya un hábito.
Miguel Ángel Meniño y Fran Brea jugaban a las palas en la arena mojada, descalzos, en camiseta y en pantalón corto. "Llevamos viniendo desde febrero, ininterrumpidamente. Da gusto disfrutar de la playa en un día como éste", expresaban. Aunque las clases en la universidad –Miguel Ángel estudia Ingeniería Industrial y Fran, Magisterio Musical– les impiden acudir tanto como querrían, llevan ya tres días "remojando las rodillas, aunque la arena corte". Se basan en el modelo de los rusos, dicen, que "no dudan en bañarse en aguas heladas después de hacer agujeros en el hielo para poder introducirse".
Otro atrevido era David González que, igual de destapado, aprovechaba las delicias del arenal vigués. "No me baño porque estoy un poco agripallado, que si no...", explicaba. Los suyo tenía, además, un valor añadido: había llegado pedaleando desde la estación de autobuses aprovechando el paseo del Lagares.
Otras personas llevaban a sus perros o corrían cerca del agua, pero calzados y vestidos de acorde con el periodo del año y las temperaturas que el clima se gastaba. Muchos gorros, bufandas, guantes y escalofríos chocaban con las instantáneas de los despreocupados jóvenes que se metían en el agua a coger la pelota cada vez que ésta se les desviaba.
Ya por el paseo, sí que el tráfico aumentaba, a pesar de tratarse de un día laboral. Alrededor del mediodía familias con sillitas de bebé, grupos de jubilados, deportistas en bicicleta o de marcha discurrían en cortos intervalos. Es que, a pesar del frío, el sol de diciembre, en un cielo así tan despejado, calentaba el ánimo.