ANA DE LARRIVA
Las trombas de agua que cayeron ayer por la mañana y al mediodía encharcaron los senderos de tierra y hierba de los cementerios. Para atravesarlos hacían falta carreras y buena voluntad. El olor a castañas asadas y a hojas mojadas inauguraron un noviembre en su más puro estilo.
El día de Todos los Santos despertó y se desarrolló gris, en una jornada todavía más propicia para el recuerdo de los seres queridos fallecidos, pero no tanto para las visitas a las tumbas. Los pequeños soportales de los nichos se convirtieron en paraguas improvisados y pequeñas cascadas caían, de cuando en cuando, desde los tejados de los bloques de sepulturas cubiertos de musgo otoñal.
En el ingreso al camposanto de Bouzas, cada golpe fuerte de agua provocaba concentraciones de vigueses, que intentaban guarecerse bajo el alero hasta que escampase un poco. La mayor parte de las sepulturas habían sido acondicionadas en días anteriores, por lo que ya a primera hora de la jornada se veían los vistosos centros de flores presidiendo las losas de la mayoría de las sepulturas.
En los cementerios más pequeños, como el de Alcabre y el de Teis, la gente estaba más concentrada, dando una mayor sensación de afluencia, pero en los grandes, como el de Pereiró, los paraguas discurrían en pequeños grupos, desdibujándose a la vista por la acumulación del agua descendente.
"No sé si es sólo cuestión del mal tiempo, o que se han perdido un poco las tradiciones", comentaba un grupo de mujeres, mientras retocaba un gran florero delante de un panteón en Alcabre. Lo cierto es que muchas personas declaraban huir del propio día de Todos los Santos siempre que podían, aprovechando las fechas previas para realizar las correspondientes visitas.
Hubo también quien, a pesar de las lluvias, decidió desplazó fuera de Vigo para visitar a aquellos difuntos que yacen en otros municipios.