A. A. DE LARRIVA
Atienden cualquier tipo de llamada de emergencia y se desplazan en sus furgonetas hasta el lugar más recóndito del municipio. Incluso fuera. Rompen los tiros de las chimeneas y agujerean paredes si hace falta. Pero no cobran un duro. Son cazadores de abejas y a la vez se definen "anticazadores" porque harían cualquier cosa con tal de evitar la muerte de un ejemplar. Ellos escuchan un zumbido y se lanzan al rescate.
José Ramón Bernárdez, Pepe, tiene 84 años y es un ferroviario jubilado que vive en la calle Sagunto, en O Calvario. Hace casi medio siglo que se enamoró de la apicultura y, desde que se retiró hace dos décadas, ésta ha dejado de ser una afición para convertirse en su vida. Su pasión es tal que colabora con los Bomberos para evitar asesinatos. "Hay muchas personas que denuncian tener un grupo de avispas y resulta que son abejas. Los Bomberos me llaman y yo voy las retiro. Muchas veces se las doy a jóvenes que empiezan en el mundillo", explica Pepe. Las anécdotas se le acumulan a este vigués que comparte su tiempo entre las gallinas y las abejas . Ambas especies también se reparten el espacio en su finca de Zamáns: "La compré sólo para ellas", explica entre risas.
"Una vez subí a A Garrida para ayudar a un vecino que tenía la chimenea obturada por una colmena. Se habían fijado en una repisa interior y era imposible sacarlas desde fuera", narra. La única solución que encontró fue abrir la pared del hogar por un lado. "Puse un cartón en la base del lar y fumigué el interior del conducto con un producto que las durmió durante cinco minutos". Las abejas cayeron y fueron inmediatamente trasladadas a un cajón.
Cuidar a las "pequeñas"
Su amigo José Pallares lo acompaña muchas veces en las expediciones de salvamento. Tiene un taller de fabricación de encimeras para las cocinas. Aprovecha también cada momento libre para cuidar a sus "pequeñas" en su finca de Coruxo. Ayer recogió los últimos panales con miel. Casi 160 kilos en las dos pilas que le quedaban por retirar. El continuo zumbido de las abejas es una buena prueba al coraje. Después de pasar un cartel que alerta del peligro del colmenar, se divisan los cajones con los paneles de un alza o de media alza y, al fondo, una idílica vista de las islas Cíes. El arrebatado ruido aumenta cuando Pepe y Jose las amodorran con el humo procedente de la quema de un cartón. Hay que evitar que la red que cubre el rostro se acerque demasiado a la nariz. "No hay que darles facilidades", avisan. Cuando se les mueve o molesta se ponen todavía más bravas. Intentan colarse por todas las aberturas de la indumentaria y ni el traje puede impedir las picaduras.
Pepe recuerda con cierto enfado una ocasión en la que lo hicieron desplazarse desde O Morado a Vigo a toda prisa. "Cuando llegué a la casa dónde estaba la colmena, con el miedo ya las habían matado", relata, con un mohín de desagrado en la cara. La picadura de abeja es muy temida, sobre todo porque suelen ser confundidas con las avispas. Sin embargo, a Pepe y a Jose ya no les duele. "Si no eres alérgico, cuanto más te pican más inmune te haces. Sólo se me hincha si es en el párpado. Me dura el bulto tres días", añade Pepe.