SANDRA PENELAS
Las moscas y caracoles marinos del laboratorio de Genética no se han ido de vacaciones. Y claro, los investigadores que los estudian tampoco. "Al experimentar con animales vivos siempre tiene que haber gente al pie del cañón", señala el profesor Emilio Rolán. El trabajo no se paraliza, pero las formalidades se relajan en verano y el científico viste bermudas y sandalias en lugar de la reglamentaria bata blanca. "Están ahí colgadas. Pero esto ya lo hacemos desde julio", comenta entre risas.
Y eso que su laboratorio tiene la suerte de contar con equipos de aire acondicionado, porque muchos colegas de la Facultad de Ciencias se quejan desde hace años del calor que deben soportar en cuanto llega el buen tiempo.
Rolán asegura que este verano "ha sido un poco raro" porque su laboratorio es uno de los más animados del centro debido a la gente que se ha quedado para hacer tesis o hacer guardia con los experimentos. "La hora del café tiene mucho ambiente", comenta.
"Trabajar en el mes de agosto tiene ventajas, porque los estudiantes no demandan tu atención y hay menos trámites burocráticos. Se avanza mucho", explica el profesor. Tan convencido está de ello, que no lo hace por obligación: "Podría no estar aquí ahora, pero vengo para adelantar".
En otro despacho, el biólogo senegalés Amadou Sarr también lo tiene claro. "Si no me he ido de vacaciones, ¿qué hago? Al final, estoy perdiendo el tiempo y prefiero venir aquí y adelantar mi tesis", relata.
La facultad está tan solitaria que a veces, asegura, "te sorprendes cuando te encuentras con alguien en el pasillo".
Mientras él estudia coleópteros acuáticos, María Gómez, al otro lado del tabique, se afana en las lombrices de tierra. "Quiero presentar mi tesis a finales de año y estoy apurada. El campus está desierto y da un poco de rabia tener que estar aquí con estos días tan buenos,pero aprovecho para ir a la playa por las tardes", confiesa esta carballesa de 28 años.
El comedor de la facultad está cerrado, por lo que ambos investigadores, adscritos al departamento de Ecología y Biología Animal, se llevan la comida y el café desde casa. "A veces también ponemos música, pero no a todo volumen", aclara ella.
José Carlos Noguera y Cristóbal Pérez, del área de ecología del comportamiento, reconocen que hay menos ruido y trabajan "más tranquilos". Aunque "faltan chavalas", lamenta el segundo.
La distancia entre facultades no invita a pasear cuando el termómetro ronda los treinta grados y la única cafetería abierta en verano es la de Minas. La solución pasa por cargar con el bocadillo en la mochila o disponer de coche propio como José Carlos y Cristóbal, que lo utilizan para acercarse hasta el centro comercial o al parque forestal.
La frecuencia de autobuses entre la ciudad y el campus también se reduce al mínimo. "Llevamos casi una hora en la parada", comentan resignados Hugo Fernández y Rafael Bruzón, dos estudiantes de Ingeniería Industrial que han subido a la escuela para coger libros en la biblioteca y se han encontrado un panorama "desértico".
Y es que a los únicos que se les ve estos días bajo el sol es a los obreros y jardineros que ponen a punto el campus para empezar el curso. Andrés Vidal y Álvaro Freira se afanan en la reforma de los aparcamientos: "El calor es igual en un sitio que otro. De esto no nos escapamos. Pero lo importante es que haya trabajo".