ANA NARVÁEZ
No hace ni medio año que se inauguró y el centro arqueológico Salinae ha registrado ya 8.000 visitas. Se trata de la musealización en Rosalía de Castro de los restos de un yacimiento romano que en su día fue una gran fábrica de sal utilizada entre el siglo I y III d. C. Es única en su conservación y especie en todo el área del Imperio Romano.
Es llamativo el récord de visitas, ya que Salinae todavía no cuenta con señalización urbana, y se encuentra en el subsuelo, frente al Centro de Salud cuya edificación suscitó los hallazgos arqueológicos. "Nadie se espera que aquí abajo exista un museo", asegura el arqueólogo y guía Pablo Vaamonde. Sólo la oficina de turismo y el servicio de información de algunos hoteles dirigen a los nuevos visitantes hasta este punto, lo cual hace que su éxito tenga más mérito. Además, el acceso a la sala es restringido por razones de espacio y conservación, y sólo se permite la estancia a 25 personas simultáneamente.Desde el pasado marzo, los escolares y asociaciones viguesas tuvieron ocupados todos los días al guía-arqueólogo, que ahora sigue sus explicaciones sin tregua gracias a la afluencia incesante de turistas. Pese a todo, son muchos los vigueses que todavía no saben de su existencia.
Siete metros de profundidad nos hacen retroceder casi 2.000 años atrás a lo que era el nivel del mar de la época. La calle Areal marcaba por aquel entonces la línea de costa, hasta donde subían las mareas. Los romanos instalados en el viejo Vicus ingeniaron una gran salina "principalmente para poder conservar las grandes cantidades de pescado obtenidos en la ría", explica Vaamonde. Eso sí, "las condiciones climáticas y la concentración salina no son las ideales para una producción de toneladas anuales", apunta el experto.
El sistema de cristalización para obtener la sal dependía directamente de que el sol evaporase el agua de los tanques, "de 15 centímetros de espesor", cosa con la que "no se podía contar todo el año". Y, por otro lado, la concentración salina en el Atlántico es mucho menor respecto al mar Mediterráneo. Pero aún así, "la industria fue importante para la región noroeste del imperio", afirma Vaamonde. Además de conservar alimentos, la sal servía de sueldo a los soldados –de ahí la palabra salario–; de tinte, para endurecer los tejidos de las vestimentas, y era un símbolo de amistad entre los ciudadanos romanos.
El éxito de este espacio puede esconderse en la explicación personalizada que ofrece el arqueólogo, en su cuidada conservación, o en la ambientación sonora y paisajística. "También ayuda al éxito el hecho de que sea gratuito", apunta el guía.
Pero el factor sorpresa resulta lo más llamativo para los visitantes: "Lo que les sorprende es que no saben qué se van a encontrar; no se esperan esta musealización en Vigo, y todos me preguntan, ´¿es una reconstrucción?´, y al decirles que no, se quedan asombrados de su estado de conservación", argumenta Vaamonde.
Lo que ya nadie puede poner en duda es el enorme potencial arqueológico de la ciudad, que sólo precisa de una mejor señalización y divulgación entre el público. Una vida y toda una historia yace en el subsuelo vigués. Una ruta histórica que debería potenciarse, desde Castrelos –con los fondos del Quiñones de León– hasta el monte del Castro, donde se están recuperando y reconstruyendo algunas viviendas "castrexas". Un recorrido que remataría en el centro Salinae, que podría considerarse el origen de la industria pesquera viguesa.