TAMARA NOVOA - VIGO
Cien años de historias, recuerdos y personas. Cien años de vida. Laura da Silva sopló ayer las velas; no una centena porque eran demasiadas. Su mirada refleja la sabiduría que aporta toda una vida y la sonrisa no abandona ni por un instante su cara. Ayer, estaba muy emocionada por la celebración de su cumpleaños, nos confiesa su nieta que lleva su mismo nombre, "estaba por las nubes". Al felicitarla por llegar al centenario se ruboriza y con sonrisa pícara afirma que no pasa de los sesenta; hace años que se niega a sumar edad añade su nieta.
Laura es la abuela de Valladares, donde vive desde jovencita. En la parroquia es conocida por sus dotes de curandera; personas con algún problema de huesos hacían cola para que las manos de la señora Laura los recompusiera. La costura era su otra profesión y pasión, en ambas ponía toda su dedicación, "as cousas de facelas hay que facelas ben" afirma con rotundidad. Come de todo, poco pero de todo; eso sí, la comida siempre sin recalentar. Tampoco se atreve con las nuevas tendencias culinarias como la pizza; prefiere platos más tradicionales. Al preguntarle el secreto de la longevidad se ríe y contesta hierba luisa para todos los males y un vaso de vino al día; "no pasa un día sin que lo tome", dice su nieta. Eso y el café, que tampoco perdona. La abuela centenaria ha resistido a tres guerras, las dos mundiales y la civil. Sin embargo, se retrata como "miedosa" no le gusta quedar sola en casa, cualquier ruido la asusta y agradece las visitas.
Cuando ella nació los coches no existían y las carreteras escaseaban es por ello que todos los trayectos se hacían a pie; a diario bajaban al centro andando a vender frutas y verduras en la plaza. Desde que se cayó hace dos años sale poco de su vivienda. Mientras pudo, el paseo de la tarde era inexcusable. Aunque ahora las caminatas han quedado relegadas, todos los veranos asiste a la bajada de la virgen del Monte Alba. Cita a la que irá este agosto para pedir salud para ella y los suyos durante otros doce meses.
Laura que cuando era niña no podría imaginarse la utilidad de un ordenador, convive con su bisnieta Jessica de ocho años, quien al igual que todos los niños de su tiempo, nació prácticamente con un ratón pegado a la mano. Tres generaciones distintas viven bajo el mismo techo y aunque las diferencias se notan, todos disfrutan escuchando las batallitas que la abuela cuenta de cuando era joven. Historias de una vida; la historia de la vida.