JAVIER SÁNCHEZ DE DIOS
Cuando Manuel Fraga Iribarne regresó de Londres, donde había ejercido como embajador de España ante la Corte británica, una gran parte de los analistas políticos que ejercían dentro del Régimen entonces aún acaudillado por el general Franco, estaban convencidos de que aspiraría, y con buenas posibilidades de éxito, a presidir el gobierno cuando cambiase la circunstancia política. Pero había dejado muchos enemigos dentro del sistema, y cuando surgieron las ocasiones no le fue posible aprovecharlas. Primero Arias Navarro, para atarlo todo bien atado ya en vida de Franco, y después Adolfo Suárez para desatarlo de la mano del Rey don Juan Carlos I le cerraron el paso. Fraga no desistió, y decidió intentar por las urnas lo que la dictadura -a la que había servido con lealtad e intentado incluso modernizarla- le había negado por decreto. Y entonces cometió el primero de una serie de errores que le condenaron a no alcanzar nunca su objetivo estatal.
Ese error, que le marcó seguramente malgré luio en toda su trayectoria estatal, fue el de formar y encabezar, con otras figuras del régimen de Franco situadas más a la derecha que él mismo -desde Fernández de la Mora a Enrique Thomas de Carranza pasando por Federico Silva; hasta siete- la llamada Coalición Democrática, a la que enseguida el gracejo de la calle apodó "los siete magníficos", como los pistoleros del célebre western entonces de moda. Cierto que a Fraga no le quedaba más espacio -a su derecha estaba Blas Piñar y los ultras, y hacia el centro la UCD de Suárez, en la que de ingresar jugaría un papel secundario, y eso si obtenía alguno. "Don Manuel" o no quiso ver los riesgos o los calculó mal, y en 1977 los resultados fueron muy malos para él y su CD, lo que se repitió en 1979. Sólo salvó ligeramente la figura en Galicia, por cierto.
El exministro de Franco no se resignó ni se ocultó. Integrado en la ponencia que redactó la Constitución de 1978, y convencido como estaba de que la Unión de Centro de Adolfo Suárez tenía los días contados, trabajó para formar su alternativa natural cuando llegase el momento del cambio. Y sus pronósticos se cumplieron en 1982, pero no como él esperaba: la "mayoría natural", que Fraga creía conservadora y en torno a su persona, se agrupó formando una masa imponente pero alrededor de quien prometió y personificaba un cambio hacia más democracia: el PSOE con el joven Felipe González a la cabeza.
Desde entonces Manuel Fraga, al frente de una Alianza Popular que integró a los restos más conservadores de la desaparecida UCD y con la que obtuvo en torno a los cien escaños se demostró incapaz de desarrollar en las Cortes el papel de alternativa real que, en todo caso, España aún no creía necesitar habida cuenta de la juventud y el empuje de su nuevo jefe de Gobierno. El líder conservador hizo una oposición dura pero -siguiendo en cierto modo el sistema inglés- leal, y así Felipe González llegó a decir de él que "le cabía el Estado en la cabeza", pero fracasó en varias citas electorales estatales y regionales: la última, antes de irse al Parlamento europeo y regresar como candidato a la Xunta de Galicia, en el País Vasco, la tierra natal de su madre, donde AP prácticamente desapareció.
Narrada, grosso modo, en otro lugar de este periódico, la circunstancia concreta que trajo a Manuel Fraga Iribarne a Galicia con su victoria de 1989 y su primera mayoría absoluta, el ya presidente autonómico decidió constituirse no sólo en un referente de política práctica para la Comunidad gallega, sino en un liderazgo intelectual -como hicieran Cánovas o Maura- para toda la derecha española. Y desde Santiago planteó y desarrolló ideas -algunas ciertamente contradictorias con su trayectoria anterior- que sirvieron como tesis y praxis del conservadurismo español. Fraga fue, así, pastor et nauta, lema que había adoptado un Pontífice de su tiempo.
Y en verdad sus aportaciones fueron, en algunos casos, de una muy considerable dimensión doctrinal. En Galicia y de la mente de Fraga surgió la defensa de la Administración única, que pretendía aplicar en el mejor estilo el Estado de las Autonomías y se resumía en la eliminación teórica de las duplicidades, con un ahorro considerable en dinero, tiempo y trámites. Luego aparecieron los chiringuitos y las administraciones paralela, pero el enunciado era impecable. De alguna manera, fue lo que ahora mismo se define como imprescindible para viabilizar económicamente la forma constitucional del Estado, aunque Fraga no lo planteó como un recorte autonómico, sino más bien como una descentralización ampliada.
En esa línea, del PP gallego y de su presidente salieron propuestas como la de la reforma del Senado, Cámara que Manuel Fraga proponía como escenario de debates y representación para las nacionalidades -concepto del que sin embargo nunca fue partidario y que provocó su abstención a la hora de aprobar el el Título correspondiente, el VIII, de la Constitución- y regiones que conforman el Estado español. Un Fraga Iribarne que advirtió desde Compostela de los riesgos de la crisis demográfica en un célebre discurso en el que propuso a las parejas gallegas "un mínimo de tres hijos", lo que provocó la rechifla de su oposición en el correspondiente debate parlamentario.
Pero la aportación de Manuel Fraga a la modernización de la derecha española fue especialmente activa en otras ideas que llegaron a desatar las iras de algunos de sus antiguos compañeros. Por ejemplo su concepto de "autoidentificación" como modelo intermedio entre la autodeterminación -después redefinida como soberanismo- y el centralismo jacobino de otros. No alcanzó esa tesis, ni mucho menos,el desarrollo de la de la Administración única, pero provocó intensos debates, la descalificación por parte de los nacionalistas, la desconfianza de los socialdemócratas y además de un relativo interés del público, la incomprensión de muchos de los suyos allende Pedrafita. Aquí, algunos como José Cuiña, emplearon el concepto para planificar y desarrollar un "PPdeG" con señales propias que se quería lo más parecido posible, "pero dentro de un orden" a un PNV o una CiU.
Queda dicho que esas ideas no fueron aceptadas en la dirección estatal de Aznar y Rajoy. Y, quizá por contagio, tampoco otras tenidas por audaces, como la creación de una Conferencia periódica de Presidentes autonómicos -que después llevó adelante,pero poco, Rodríguez Zapatero-, la delegación en las Autonomías más interesadas de asuntos específicos españoles ante la Unión Europea o la extensión de representaciones como la de Galicia en Bruselas, que se abrió antes que otras.
Algunas de esas propuestas. entonces innovadoras y varias ahora en marcha, fueron rechazadas por un Congreso estatal del PP presidido por José María Aznar. Como dijo Alonso Quijano,llamado después Quijote, a su escudero,:"cosas veréis, amigo Sancho...".