JULIO PÉREZ - VIGO
A la cola del cine, cuando Alvy, el personaje encarnado por Woody Allen en Annie Hall, supera el umbral de la paciencia ante un pedante que intenta destrozar, sin mucho éxito, las teorías de Marshall McLuhan, el mismísimo sociólogo canadiense –visionario de la globalización mundial allá por los 70, cuando las nuevas tecnologías eran solo la punta del enorme iceberg que representan hoy– aparece de la nada para ajustar cuentas. Una exquisita utopía convertida en realidad por obra y gracia de la magia de la gran pantalla, de las muchas que abundan en la cabeza del director neoyorkino y por las que quizás su obra esté entre las debilidades confesas de José María Castellano. A él también le gusta modelar quimeras. Que los sueños empresariales se materialicen es lo más parecido que hay a los milagros en economía. Con el primero, la creación de Inditex, su fama dio la vuelta al planeta. Con el último hasta ahora, el extraordinario saneamiento de ONO que alejó el fantasma del concurso de acreedores, rozaba ya el retiro –que no la jubilación, una palabra que detesta–, pero la encrucijada de Novacaixagalicia se cruzó también en sus planes y llega la enésima ocasión de probar el talento y la genialidad que todos alaban. "Soy lo que en Estados Unidos se reconoce como un self-made man", aseguraba en una reciente entrevista, de las pocas que ha concedido por su alergia a la exposición pública. Un hombre hecho a sí mismo, que "jamás", dice, se ha movido para hacerse nombrar.
De camino a los 64 años, los cumplirá el próximo 15 de julio, el único notable que figura en su largo currículum está en el título de profesor mercantil que sacó en 1968. El doctorado en Económicas, casi dos décadas después y con una tesis sobre la consolidación de los estados financieros, sube ya a sobresaliente. Castellano admite con naturalidad que al principio no fue precisamente un buen estudiante. La madurez y el "fuerte trabajo" cambiaron su trayectoria personal y vital y hoy es un defensor a ultranza de la formación y la inevitable necesidad de asumir riesgos, junto con la honradez. Por eso también, entre los muchos que colecciona, el ejecutivo mira con especial cariño el galardón que The Economist y Spencer&Stuart le concedieron en 2003 como Empresario Ético Europeo. "Una forma de estar en el mundo", resume.
Por entonces aún ejercía el bastón de mando en Inditex, donde desembarcó tras encargarse del departamento informático de Aegon para ayudar a Amancio Ortega en el crecimiento de la compañía. El tándem empresarial más fructífero de la historia reciente en España se prolongó durante 21 años, en los que el holding pasó de ser Zara y poco más al megaimperio de la moda abanderado del just in time. La escrupulosa discreción del patrón obligó a Castellano a ser la voz y el rostro ante los inversores. Una ardua negociación para la salida del grupo a Bolsa, su primer contacto con los grandes fondos internacionales a los que ahora conoce tan bien, y le conocen, y que impulsan su entrada en NCG Banco. "¿Alguien se atrevería a decir que Amancio tiene más responsabilidad que él en el éxito de Inditex? Yo no", asegura un conocido empresario coruñés, devoto del "talentísimo" de Castellano.
Con el objetivo de ganar todo el tiempo posible, él se encargó directamente de encauzar el relevo como consejero delegado de Inditex con el fichaje de Pablo Isla. "Incluso renunciando voluntariamente a los poderes ejecutivos para que pudiera hacer lo que creyera oportuno", explicaba en aquel momento. Lo que quizás no esperaba es lo que sucedió después. El frustrado intento de Ortega, Caixanova y Jacinto Rey por regalleguizar Unión Fenosa –Botín acabó vendiendo por sorpresa su parte a ACS para asombro de la alianza autóctona– provocó la ruptura. Castellano estaba a ser llamado presidente de la eléctrica, pero al propietario de Inditex no le gustaba la idea. Los dos acabaron "nada bien" y cerró la puerta de su despacho en Arteixo y a aquella mítica amistad. "¿No hay posibilidad de marcha atrás?", le preguntaba un periodista. "Se ve que usted –respondió– no me conoce muy bien".
José María Castellano acababa de padecer una dolencia en el corazón que, según gente de su entorno, le encendió muchas alertas. ¿El primer momento en el que pensó firmemente dar un paso atrás en la batalla? Posiblemente. Su refugio fue, y parece que siempre será, la docencia. Que no dejó en ningún momento pese a la carga que supone llevar el timón de un gigante mundial. Catedrático en la Universidad de A Coruña, es uno de los docentes más apreciados por alumnos y profesorado. "Nuestro futuro depende de lo que esté ocurriendo ahora mismo en las aulas de nuestras universidades", destaca, convencido de que en ellas hay que formar "élites". "No marca las distancias, no es frío –describe uno de sus colegas en la facultad de Económicas–. La imagen es tremendamente humilde y se nota siempre que intenta ser agradable".
Allí tiene una estrecha amistad con María Jesús Freire, conocidos desde hace 30 años. Ella es doctora en Ciencias Económicas y su primer vínculo, curiosamente, con la caja gallega, donde Freire es presidenta de la comisión de control. La vigilante de las cuentas de la entidad gallega que ahora asume Castellano.
Desde su salida de Inditex, hasta principios de 2006 su nombre no entró en quinielas directivas, cuando a punto estuvo de incorporarse como primer ejecutivo de Cementos Portland, filial de FCC. No le faltaba trabajo. La lista de consejos de administración que presumieron o presumen de tenerlo como fichaje estrella tiene pocas comparaciones posibles en este país. Argentaria, el grupo Puig, Kiluba –dueño de la cadena Naturhouse–, Fadesa, Mutua Madrileña, Adolfo Domínguez o Tous, además de ocupar la presidencia de la Fundación Bankinter, la vicepresidencia del banco de inversión Rothschild, patrono de Unicef-España y miembro de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras. Con semejante estela, no extraña que en 2005, ya fuera de Inditex incluso, se colocara entre los 50 líderes empresariales más valorados del mundo. Ya sin estar en Inditex. José María Castellano se colocaba en el puesto 25 del selecto ranking elaborado por la auditora PricewaterhouseCoopers, justo un lugar por debajo de Carlos Slim, el hombre más rico del planeta, y diez por encima de Emilio Botín, presidente del Santander.
ONO, otro milagro
Su desembarco en ONO, primero como consejero independiente en 2006 y como presidente a partir de noviembre de 2008 –solo un año antes aseguraba que "por nada" volvería a a la primera línea–, marcó un antes y un después en la compañía, aquejada de una situación financiera asfixiante. La limpieza a fondo consiguió rescatar a la empresa de telecomunicaciones del agujero en el que estaba metido, a través de contactos directos y constantes con cada uno de los trabajadores, y la mente puesta, en cuanto mejoraran las cosas, en su estreno en el parqué y llegar a colocarla en el Ibex 35. Castellano seguirá siendo presidente de la firma, pese su aventura con NCG Banco, aunque ya sin tareas ejecutivas.
"Todo lo que soy se lo debo a mis padres, a los que me han ayudado y a mí mismo", señala. Los primeros que le enseñaron la humildad que como buen nieto de pescador y emigrante por un lado y de un hogar empobrecido por la Guerra Civil de otro, aprendió, para luego convencerse de que solo los estudios podrían cambiar su destino. Gallego, como "una condición que nos hace diferentes a los demás", católico, casado, con dos hijos, a ellos intenta inculcar la misma importancia del trabajo que transmite también en su profesión. "En nuestra sociedad es bastante infrecuente –lamenta en una de esas pocas entrevistas–. Vivimos un momento muy funcionarial, donde muy pocos son partidarios de trabajar en serio y asumir riesgos".
El alabado ejecutivo incluye la suerte en el secreto del éxito. Pero, una vez más, con el tesón como motor. Él, que lleva currando desde los 14 años. "No he parado. Todo cuesta", dice, pendiente hasta de los finales, "que son muy importantes y hay que hacerlos bien". En eso estaba hasta ahora. Como Woody Allen, como los buenos directores de cine.