DANIEL DOMÍNGUEZ - SANTIAGO
Sudores, pesadillas, vergüenza, pánico, ansiedad, culpa, comportamiento violento… Un niño que viva en un hogar donde se producen malos tratos se convierte en lo que los expertos denominan "víctima secundaria", un concepto que quizá no transmita la gravedad de la situación a que se enfrentan. Sin tratamiento pueden reproducir en el futuro actitudes similares a las que ha visto en su casa, donde su madre ha sido víctima de golpes y vejaciones.
Para tratar a los menores, rebajar su ansiedad y lograr que vuelvan a llevar una vida normal, la Xunta cuenta con un programa de atención psicológica similar al que prestan a las mujeres maltratadas por sus parejas. Durante el primer semestre del año 114 jóvenes han acudido a esta terapia, un 28% más que el año pasado, aunque muchos menos que las 271 mujeres que tratan de recuperarse mentalmente de las agresiones. Desde 2006, 564 menores de edad han recibido ayuda psicológica de profesionales de la Secretaría Xeral de Igualdade.
Pero, ¿cómo se aborda a un chaval que ha visto en su hogar cómo su padre insulta y abofetea a su madre?. "Lo primero que hay que hacer es escucharlo, si no quiere hablar su silencio significa algo, quizás está harto de hablar y de que no lo escuchen", comenta Concha Rodríguez, una de las 57 terapeutas del servicio de la Xunta que atiende a estos niños cerca de Santiago.
El primer elemento que determina qué tratamiento ofrecer a los niños es la edad. "No es lo mismo un chaval de 12 ó 15 años que uno de 6, los más pequeños son los que más rápido lo superan", considera Rodríguez, que alerta de que muchos de ellos comienzan a mearse en la cama o a sufrir trastornos del sueño como consecuencia del estrés que suponen los malos tratos. "En general su comportamiento es extremo: o se encierran en sí mismos o se vuelven muy violentos", describe.
Aplacar la ira constituye uno de los retos de estas sesiones de terapia, a las que habitualmente acude la madre, si bien las terapeutas adaptan cada encuentro a las características del caso. "Algunos niños pierden el respeto por la víctima y adoptan el punto de vista violento. En otros se vuelven excesivamente protectores", explican fuentes de la Secretaría de Igualdade, encargada de ofrecer tratamiento en caso de malos tratos.
Son los adolescentes los casos más problemáticos, pues, según los especialistas, su carácter comienza a definirse.
"Sufren para encajar todas las sensaciones complejas que experimentan. Tenemos que transmitirles que son los comportamientos y no las personas los que hay que rechazar, porque sufren por el hecho de querer a su padre pero odiar que maltrate a su madre en algunos casos", ilustra. En otros, una de las tareas más complejas es "restaurar la autoridad de la madre", que además de sufrir un castigo por parte de su pareja comprueba cómo su hijo le pierde el respeto. "Ahí es muy importante que sea ella y no nosotros la que corrija sus comportamientos", matiza la terapeuta.
Atajar estos comportamientos determinará la clase de persona en que pueda convertirse el hijo de un maltratador y si reproduce los comportamientos que ha experimentado durante la infancia, pues existe riesgo de que reproduzca el modelo dominante sobre las mujeres.
No solo son estas víctimas las que reciben ayuda psicológica por parte de la Administración. Los hombres también pueden inscribirse en este programa para aprender a controlar su agresividad. En el programa Abramos o círculo, de carácter voluntario, se enseña cómo evitar que los accesos de ira puedan derivar en malos tratos a la pareja. durante la primera mitad del presente año asistieron a las terapias de los 22 psicólogos con que cuenta la Administración un total de 39 hombres.
Los jóvenes suelen apuntarse a este programa una vez que su relación se rompe por algún episodio colérico que refleja su irritabilidad. Eso sí, no pueden mediar malos tratos ni condena judicial. Solo son admitidos los casos en que la persona acude de forma voluntaria.