J. PÉREZ / VIGO
Aunque la situación de la economía es delicada sin apenas excepciones en todo el mundo,cada uno de los Estados tiene sus peculiaridades. Desde el déficit,a la tasa de paro,la evolución de su mercado bursátil –más sujeto quizás al comportamiento global que otro tipo de indicadores–, pasando por la productividad.En muchos casos además,con otro tipo de condicionantes añadidos, sociales y políticos,que pueden crear ciertas dudas sobre el futuro que queda por delante. Sobre su capacidad para sentarse cara a cara con crisis tan graves como la que estamos atravesando. Pues todas esos trazos específicos se reúnen bajo un termómetro que estos días está dando mucho que hablar, el concepto de riesgo país.
Aunque es fruto de un cálculo extraordinariamente complicado que tiene en cuenta muchísimas variables –el más generalizado es el que realiza el banco estadounidense J.P.Morgan y que se conoce como EMBI–, su utilidad es muy sencilla, la de medir el horizonte de éxito que tiene una inversión en un lugar determinado.O, en otras palabras, ¿qué posibilidades tengo de sufrir pérdidas?
En las últimas semanas,la frenética presentación de medidas tanto desde el Gobierno español, como de Bruselas y de otros miembros de la UE,han sometido al riesgo país a una montaña rusa inédita. En apenas siete días pasó de 180 puntos a 1000 puntos básicos –mejor cuanto más bajo sea–, con las correspondientes repercusiones que tuvo para la deuda española en los mercados.De una sola atacada, coincidiendo con elmultimillonario rescate europeo,se abarató un 40%. ¿Qué ocurrió con las emisiones tras el plan de ajuste español? Pues que apenas se notó. El Tesoro aspiraba a colocar entre 6.500 y 7.500 millones. Ni al mínimo se llegó –fueron 6.435–, pese a que la rentabilidad era de casi el doble que en el anterior lanzamiento. Como a la gallega, la deuda española tiene que asumir sobrecostes con la subida de tipos.De un mes a otro,52 millones de euros más.