SANDRA PENELAS
En nuestro afán por reducir hasta lo imposible el tamaño de los aparatos electrónicos, las leyes de la física clásica dejan de ser válidas y es la cuántica la que marca las reglas del juego. La viguesa María Isabel Rodas estudia el comportamiento de los circuitos ópticos en los microchips que integrarán los ordenadores cuánticos del futuro, una utopía para los científicos más pesimistas, pero una meta para el grupo de investigación en el que trabaja en la universidad británica de Bristol.
"Estamos dando los primeros pasos y las primeras ventajas ya se pueden ver. La criptografía cuántica, por ejemplo, dificulta que te puedan copiar la tarjeta de crédito. La velocidad de las computadoras se multiplicaría una barbaridad. Esta tecnología es el futuro de las telecomunicaciones", avanza.
Rodas, de 32 años, pertenece al equipo del australiano Jeremy O´Brien, otro treintañero que hace unos meses recibió un premio europeo por su contribución pionera a las comunicaciones óptico-cuánticas. "Hacemos un trabajo de prestigio internacional. Casi todos somos jóvenes y la gente es muy maja y competente", comenta sobre su grupo, integrado por investigadores de varias nacionalidades y en el que ella es la única española.
Pertenecen al Centro para la Fotónica Cuántica de la Universidad de Bristol, adonde la física viguesa llegó en mayo de 2008. Antes de ser fichada por O´Brien desarrolló con otro grupo un tipo de trampa óptica que utiliza luz láser para capturar partículas microscópicas y que puede aplicarse al estudio de la atmósfera o al de las células del cuerpo humano.
Acaba de renovar su contrato por otro año más y se plantea continuar su carrera en el Reino Unido: "Me gustaría seguir en este campo. La cosa está difícil para conseguir una plaza permanente, pero soy bastante optimista. Lo intentaré en otra universidad o en la empresa privada, donde hay una apuesta importante por la I+D".
María Isabel, licenciada en Física por la Universidad de Vigo, decidió probar suerte en el extranjero ante las dificultades que le ofrecía el sistema en Galicia. "Me decepcionó porque a pesar de tener artículos en las mejores revistas científicas internacionales la beca a la que optaba no se basó en los méritos y no me la concedieron. Durante cuatro años tuve un contrato como investigadora y otra de profesora asociada, pero me tuve que marchar", lamenta.
No era la primera vez que hacía las maletas, pues durante el doctorado realizó sendas estancias en las universidades de Canberra (Australia) y Bath, en Reino Unido.
La experta viguesa es crítica con la transformación de su antigua carrera, que se imparte en el campus ourensano, en un grado en Ciencias Ambientales. "No me parece bien. La investigación es de primera en el ámbito mundial. Hay grupos muy buenos como el de mi director de tesis, Humberto Michinel, pero hay gente que no se va a poder quedar en la facultad. Aunque implanten un nuevo título deberían conservar el de Física", propone.
Bajo su punto de vista –"interesado", aclara– es la ciencia más completa. "Te da la explicación de todo, desde cómo funciona la televisión a cómo es tu cuerpo. Siendo una niña ya me gustaba preguntarme el porqué de las cosas. Decidí estudiar Física en el instituto, pero la investigación la descubrí después y me gustó. Es muy divertida", comenta.
María Isabel ha recibido esta semana el nuevo año en Galicia, pero la Navidad la disfrutó por primera vez lejos de los suyos. "La pasé en Londres con la familia de mi novio Mark. Estuvo bien, pero eché de menos Vigo, donde siempre nos juntamos mucha más gente".
Fechas navideñas aparte, se ha adaptado sin problemas al estilo de vida británico. "La gente se va con idea de volver, pero yo no lo hice así. Claro que tienes morriña de la familia y los amigos, pero las oportunidades en Reino Unido son mucho mejores y la vida es más tranquila. Al principio comía sola porque no era capaz de hacerlo a las doce y media de la mañana, pero cambié mis horarios para tener vida social", bromea.
En su tiempo libre, perfecciona el inglés, pinta al óleo y, últimamente, se dedica a la decoración de la casa que se ha comprado con su pareja en Bradfor On Avon, un "típico" pueblo con historia a media hora en tren de Bristol y en el que se rodaron escenas de "Creation", la última película sobre la vida de Charles Darwin.