Vivía Galicia un insólito período de gobierno de izquierdas cuando hace ahora veinte años –el 17 de diciembre de 1989- irrumpió Manuel Fraga en el palacio de Rajoy, muy lejos aún del título de Don Manuel y con su pasado de ministro franquista como casi único referente.
Sesentón y rebotado de la política del foro donde durante años había intentado sin éxito la conquista de La Moncloa, Fraga no parecía exactamente el candidato idóneo para hacer frente al tripartito presidido por el socialista Fernando González Laxe, que jugaba con la ventaja de poseer el gobierno. Así se lo recordaron durante la campaña electoral mediante anuncios nada inequívocos firmados por la Xunta en los que se leía el lema: "Con pezas vellas non se fai un país novo".
La edad y las vinculaciones con el anterior régimen fueron, en efecto, el argumento más utilizado contra Fraga por la alianza del PSOE, Coalición Galega y el Partido Nacionalista Galego que, un par de años antes, había depuesto al primer presidente electo de Galicia, Xerardo Fernández Albor, mediante una moción de censura.
Aquel primer tripartito galaico había nacido en circunstancias accidentadas y tuvo, además, una vida tan corta como azarosa que muy posiblemente facilitó la arribada de Fraga a Galicia. Curioso fue, por ejemplo, que la moción de censura contra Albor prosperase gracias al apoyo del que había sido su vicepresidente y a la vez secretario regional de Alianza Popular, Xosé Luis Barreiro, quien pasó a ocupar el mismo cargo en la nueva Xunta del socialista González Laxe. Con léxico algo arcaico, Fraga no dudó en calificar de "felón" a Barreiro: y acaso ese cambio de bando de quien durante años había sido su hombre de confianza en Galicia decidió en última instancia el regreso a su tierra del histórico patrón de la derecha española.
La reconquista del feudo no era en aquel momento cosa fácil ni siquiera para un líder del peso de Fraga. Obraba en su contra la edad, el pasado político y la idea muy extendida en Madrid de que ya sólo buscaba en Galicia una especie de cementerio de elefantes para vivir un tranquilo retiro. Pero todos esos pronósticos fallaron.
Paradójicamente, quienes más contribuyeron a allanarle el camino a la presidencia habrían de ser los miembros de un gobierno tripartito que no paró de acumular infortunios durante sus poco más de dos años de existencia: desde septiembre de 1987 a diciembre de 1989. Al igual que le ocurriría veinte años más tarde al segundo y también efímero gobierno de coalición formado por socialistas y nacionalistas, el tripartito de González Laxe se estrenó con una pavorosa oleada de incendios forestales a la que seguiría poco después una tanda de inundaciones que acentuaron –justamente o no- una cierta sensación de desgobierno entre la ciudadanía. Para completar el cuadro, un buque cargado de productos supuestamente tóxicos –el Cason– fue a embarrancar en las costas de Fisterra, desatando toda una sucesión de despropósitos: desde la evacuación nocturna de toda la comarca hasta la parada de los altos hornos de una industria de aluminio en el norte de Lugo.
Tamaña acumulación de desventuras y clamorosos fallos de gestión dejó políticamente desahuciado al tripartito apenas unos meses después de que empezase a gobernar. El difícil camino a la Baviera fraguiana se había convertido inesperadamente en una autopista.
Por ese ancho camino transitó durante los meses previos a los comicios de 1989 el bulldozer de Fraga. Con sesenta y siete años cumplidos, el legendario "Zapatones" hizo una campaña electoral típicamente fraguiana, basada en la aritmética y el exceso. En menos de dos semanas recorrió 9.000 kilómetros, visitó cada uno y por su orden los 312 municipios del país, firmó autógrafos a miles y se desgañitó en decenas de mítines.
Tanto fue su derroche de vitalidad que llegó a provocar incluso un inédito plante de los periodistas que le acompañaban, incapaces de seguir el ritmo del más añoso y entusiasta de los candidatos. Decidido a abundar en el exceso, Fraga resumió en nada menos que quince tomos su programa de gobierno para Galicia, al tiempo que volvía por activa las críticas de sus adversarios que le achacaban el propósito de construir en el Noroeste una especie de Baviera a la española. "Naturalmente", retrucó Fraga. "¡Qué más quisiera yo que poner a Galicia al nivel de las regiones más desarrolladas de Europa!".
Buen conocedor de su pueblo, el populista Fraga convirtió la campaña gallega en un espectáculo de gaitas, folclore y gastronomía, alternando los banquetes multitudinarios con las reuniones de taberna en las más remotas parroquias. Para ello no dudó en invocar a todo el santoral galleguista mientras se llenaba imparcialmente la boca de pulpo y Rosalía, de carne ao caldeiro y Eduardo Pondal, de pimientos de Padrón y Curros Enríquez. Ningún flanco, así culinario como ideológico, quedó sin cubrir en aquella exhaustiva campaña.
El premio a tanta desmesura fue, sin embargo, una muy ajustada mayoría absoluta de sólo 38 diputados. Se conoce que los votantes gallegos, escépticos ante un candidato que entonces parecía ya demasiado añoso, optaron por concederle un avaro margen de gobierno. Como si no acabasen de fiarse del todo. Superada esa prueba, cierto es, el ya informalmente coronado monarca Don Manuel I no pararía de acrecer el grosor de sus mayorías por encima de los cuarenta y tantos diputados hasta que fue destronado quince años más tarde por otra coalición de socialdemócratas y nacionalistas.
Dos décadas después de aquel 17 de diciembre que inauguró la larga dinastía unipersonal de Fraga en Galicia, los ecos de la jornada evocan curiosamente los de la llegada de su medio paisano y eventual amigo Fidel Castro a La Habana. Fraga no ha tenido un Carlos Puebla que pusiera en coplas su arribada al palacio de Rajoy, pero tal vez no sea exagerado parafrasear el título del famoso tema: "Y en eso llegó Fidel" (o Don Manuel, en este caso) para ilustrarla. Incluso muchos de sus adversarios admitirán que el recién llegado "mandó parar" y con él "se acabó la diversión". Comenzaban quince largos años de fraguismo que, con sombras y luces, esperan aún a que el tiempo, la distancia y el reposo funden el definitivo juicio de la Historia.
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